Fue Fedor Kelin un personaje esencial tanto en el desarrollo del primer viaje de Alberti y María Teresa León como en la proyección literaria del poeta y en su introducción en los círculos literarios moscovitas de la MORP. Aunque al poco de llegar Kelin les presentó al poeta húngaro Bela Ilés, miembro del Gobierno de Bela Kún, fue con ocasión de la invitación a casa de Lili Brik una noche que Rafael Alberti llama con forzada distancia «la de Navidad en otros países» cuando se produjo la que se puede considerar la presentación oficial del matrimonio Alberti y León en el mundo literario moscovita. En la que fue casa de Vladímir Maiakovski y donde vivía su viuda, Lili Brik, de soltera Kagan, estaban, entre otros, su hermana Elsa Triolet, con su marido Louis Aragon, el poeta polaco Bruno Jasienski y los escritores rusos Dimitri Mirski, Nicolás Aseev, Kaminski y Semión Kirsánov, además del inevitable Fedor Kelin. Allí, «entre caviar, té y raros dulces orientales», se recitaron poemas, se leyeron fragmentos de obras e incluso el mismo Alberti, como haría una década después Ernesto Giménez Caballero ante Joseph Goebbels, simuló las suertes taurinas.
Luego, tras dejar la casa de Maiakovski y Brik, un grupo de entusiastas, al que no pertenecían Louis Aragon ni Elsa Triolet, continuó la celebración de Nochebuena en la cercana casa de los escritores, el edificio donde vivían los que Alberti llama «los obreros de la inteligencia» y donde fueron en busca del poeta Mijaíl Svetlov. La fiesta, puntualmente relatada por el poeta andaluz, siguió en el apartamento del Nicolás Aseev con Vera Ínber, Dimitri Mirski, Leónidas Leónov y Fedor Kelin, entre otros, aunque hay quien, como Ella Braguinskaya, sugiere la posibilidad de que también estuvieran presentes Isaak Bábel y Mijaíl Shólojov. Una presencia bastante improbable, pues en el caso de que hubiera coincidido con el autor de Caballería roja, un escritor conocido en España, cuya obra había sido traducida en 1927 por la editorial Biblos (con xilografías del siempre magnífico Gabriel García Maroto), probablemente lo hubiera recogido Alberti, al menos, en su «Noticiario de un poeta en la URSS», ya que cuando aparecieron los artículos en Luz, Bábel aún no había caído en desgracia. Sin embargo, en sus memorias María Teresa León incluye tanto a Bábel como Shólojov entre los escritores que conocen en su segundo viaje, en 1934, con ocasión de su asistencia al I Congreso de Escritores Soviéticos.
Hay que señalar que en la cena celebrada en casa de Lili Brik en esta Nochebuena de 1932 no sólo había escritores, sino también, según nos dice el propio Rafael Alberti, «uno de los jefes de la GPU» al que se refiere como «un comandante del Ejército Rojo, héroe de las campañas de Asia», y que no es otro que el marido de Lili Brik, el joven general Vitali Primakov, quien sería ejecutado en 1937 en los días más duros de las purgas estalinistas. El ambiente de la intelligentsia de ese Moscú extraño, entre revolucionario, bohemio, vanguardista y totalitario, y el mundo de las hermanas Kagan —Lili y Elsa— lo recoge bien Jean-Noël Liaut en su Lili Brik. Elsa Triolet. Las hermanas insumisas, publicado por la editorial Circe en 2016, aunque su edición original francesa es del año anterior.
Para Rafael Alberti estos días no sólo fueron de fiestas y reuniones, sino también de trabajos literarios en los que Fedor Kelin y sus discípulos tuvieron una participación esencial, como recoge el propio hispanista ruso en el artículo citado de Nigel Dennis. La tarea emprendida a instancias de la MORP era una traducción de poetas rusos al español que habían recopilado Iósif Brik y el propio Feodor Kelin. Alberti sugirió que se incluyeran también poemas de Aseev y Svetlov, de Ínber, Maiakovski y de Alexander Blok, tarea que emprendieron el poeta andaluz y Fedor Kelin, quien también tradujo a Rafael Alberti al ruso. A todos los citados habría que añadir otros escritores que conocieron en este primer viaje y que también menciona Alberti, entre los que incluye al escritor y director de teatro Serguéi Tretiakov, que caería en las purgas de 1937, y a Borís Pasternak, quien por el contrario logró esquivar milagrosamente la temida visita nocturna del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD). Unos escritores a los que de nuevo María Teresa León afirma que conocieron en agosto de 1934, con ocasión de su viaje al I Congreso de Escritores Soviéticos y no el año anterior. Dado que el texto de Alberti está redactado inmediatamente después de esta primera visita y que, por el contrario, Memoria de la melancolía está escrita casi cuatro décadas después, cabe pensar que lo señalado por el poeta español sería probablemente lo ocurrido
Ya en este primer viaje no faltaron las inevitables visitas de propaganda a las fábricas organizadas por Intourist a las que se veían obligados a asistir todos los viajeros que iban a la URSS sin excepción, de Manuel Chaves Nogales a César Vallejo pasando por Julián Zugazagoitia o el propio Félix Ros, quien como veremos describe la visita guiada con bastante menos entusiasmo y mayor crudeza que el poeta del Puerto de Santa María. El lugar escogido para llevar a los Alberti, siempre de la mano de Fedor Kelin, fue la antigua fábrica de Krasno-Presna, un taller de maquinaria textil situado en los suburbios de Moscú. En la reunión con los obreros que describe Alberti hay de todo: un discurso improvisado del subdirector, alusiones a los carteles que estimulan a cumplir con las cifras de producción del plan quinquenal, charlas con los obreros que parecen espontáneas, pero que ahora sabemos distaban de ser casuales, o el paseo por las instalaciones de la factoría. Allí, se encuentra con nuevas mujeres —con «un nuevo tipo femenino» que trabaja en los tornos como los hombres— a las que describe en unos términos que parecen distanciarlas de la feminidad. Las encuentra «altas, fuertes, de pómulos marcados, brazos duros, manos de hierro», como un nuevo modelo surgido del trabajo. A estas jóvenes obreras de pañuelo rojo en la cabeza contrapone las «odiosas mujeres de ojos de oruga que nos trajeron el ballet imperial y la emigración blanca», que ya apenas existen en la Unión Soviética y que considera fruto de la miseria y el ocio. Luego, el matrimonio de escritores continuó el recorrido industrial con la visita a la fábrica de Tregorka, también textil, a la que Alberti se refiere como «de limpio historial revolucionario» por sus obreros muertos en la revolución de 1905. Una visita que le suscita tan sólo unas líneas, aunque sean la más literarias a la hora de describir el interior: «Dentro vuelan de prensa en prensa las telas de colores y los telares palmotean continuamente».
De la visita de los dos escritores a la fábrica de Krasno-Presna hay un testimonio gráfico que menciona el propio Rafael Alberti en su relato para Luz cuando señala que «sobre un enorme cilindro de acero nos hacen una fotografía», la misma que se convertirá en una de las imágenes habituales para ilustrar este primer viaje. En esta imagen, más turística que documental, el matrimonio de escritores aparece, en efecto, tras un enorme cilindro horizontal en la nave principal de la fábrica junto a cinco personajes. El que se encuentra a la derecha de María Teresa León es, seguramente, el subdirector, si nos atenemos a la descripción que realiza Rafael Alberti. Aunque el poeta español no lo menciona, probablemente los acompañaba también Fedor Kelin, amigo e intérprete y enlace con la MORP, que estaba presente en los actos institucionales. En cuanto a esta fotografía, hay que resaltar como no sólo los testimonios literarios son reveladores de la mirada de Alberti y León a la Unión Soviética y sus relaciones con ésta, también las imágenes resultan especialmente ilustrativas del trato de la pareja de escritores con la URSS y con el sistema soviético. Así lo revela la fotografía tomada en este primer viaje de 1932 procedente del archivo del periódico ABC, en la que aparecen los dos escritores con uniforme, junto a dos mujeres en actitud familiar. Una imagen que no sólo da un tinte un tanto institucional a la escena, sino que también sugiere la proximidad a los principios y a la realidad soviética de los dos escritores, quienes adoptan esa indumentaria con la intención de subrayar su cercanía, su identificación.
El recorrido por la nueva realidad soviética se completa con la visita a un crematorio, organizada por la Liga Antirreligiosa que impulsa el grupo de los «Sin Dios». Tras el recorrido, Alberti lleva a cabo un canto a la incineración, aún mal vista en el resto de la Europa católica, frente a lo que denomina «el horror de los gusanos». En su entusiasmo, y demostrando que estaba lejos de las supersticiones populares españolas, el poeta describe morosamente el espectáculo de una incineración contemplado a través de un orificio —«las costillas de un joven, rizándose, lentas como un muelle»— y las nuevas urnas de mármol en forma de copa para las cenizas que sustituirían a las cruces de los cementerios. Sin embargo, lo mejor de este canto a las bondades de la incineración aparece cuando describe a los encargados del crematorio y de los hornos vestidos con trajes blancos, a los que llama «los verdaderos cocineros de la muerte», como si fuera una greguería ramoniana.
Al contrario de lo sucedido con Rafael Alberti, cuya primera experiencia soviética inspiró los artículos luego reunidos bajo el título de «Noticiario de un poeta en la URSS», María Teresa León apenas dedica unas líneas al viaje a la Unión Soviética realizado entre diciembre de 1932 y febrero de 1933. Hay un recuerdo a sus amigos Louis Aragon y Elsa Triolet con quienes nos dice, siempre empleando el plural para incluir a Alberti, «paseamos por las calles nevadas de Moscú». Poco más nos cuenta la escritora de esta escapada a la Unión Soviética desde Berlín que se alargó durante casi tres meses antes de regresar a la capital alemana para, a continuación, volver a España. Quizás los recuerdos de esta primera estancia dejaron menos huella en la escritora, lo que resulta extraño si tenemos en cuenta que el impacto de la visita a la URSS tuvo que ser mayor que los posteriores por la novedad, o quizás las notas de estos días soviéticos, si es que existieron, se perdieron, de manera que, al redactar sus memorias a finales de los años sesenta, apenas tenía datos para reconstruir el episodio.