De hecho, Baquero multiplicó durante esos años sus esfuerzos para no abandonar ciertas iniciativas en las que había estado implicado desde mucho antes, como la protección, defensa y proyección del mulato y del negro en los campos de la educación, la libertad, la erradicación del racismo, etcétera; la promoción cultural (revistas, publicaciones literarias, la compra y difusión de obras de arte de jóvenes pintores cubanos, la custodia de obras maestras del arte universal para el disfrute colectivo, etcétera); el especial cuidado de los niños y el mundo de la infancia, en Cuba y en Europa (sobre todo, en los años de la contienda mundial y en la consecuente posguerra), mediante retos en la educación y en la integración familiar y social; el fomento de la lectura; el impulso de un nacionalismo bien entendido y nunca excluyente, que fuera capaz de valorar, aceptar e introducir aspectos positivos de culturas muy diferentes, universales; la batalla contra el cáncer a través de colaboraciones con instituciones integradas en la Iglesia católica; la activación de relaciones pacíficas y cooperativas entre España y Cuba, España y América Latina; la lucha contra el comunismo, entendido como un régimen ligado a totalitarismos que niegan la libertad individual y actúan como dictaduras, etcétera.

Hay muchos que no entendieron ni valoraron los esfuerzos de Baquero por ser útil a toda la sociedad, no sólo a la cubana, con el mantenimiento de su estatus privilegiado durante la dictadura de Batista, porque eso significaba connivencia con los desmanes del caudillo y, en especial, porque cuanto más avanzaba la década de los cincuenta, más cargos ostentaba. Hacia finales de los cincuenta, era presidente de la Asamblea de Institutos Interamericanos de Cultura, presidente del Instituto Cubano-Ecuatoriano de Cultura, presidente honorífico de la Casa Continental de la Cultura, la Asociación de Escritores y Artistas Americanos y el Instituto Nacional de Previsión y Reformas Sociales y presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras. Aparte de ello, presidía honoríficamente la sección de Caballeros de Acción Católica, la Liga Contra el Cáncer y la Liga Contra la Ceguera, además de la Asociación de Unidad y Lucha por la Reivindicación Campesina y los Derechos del Niño, sin contar su cargo en el Diario y otras publicaciones (Díaz, 2008, p. 110) y su pertenencia desde 1952 al Consejo Consultivo. Sin embargo, lo que está fuera de toda duda es que mantuvo siempre la actitud que anunció y que derivaba de sus decisiones, tomadas por pura convicción y a espaldas de las críticas que se le pudieran hacer, como la de abandonar la escritura poética en los tiempos de esplendor para recuperarla en los de derrota. Baquero vestía de sí mismo. Su primer libro de poemas, desde aquellos lejanos años cuarenta, no se hizo esperar en la Península: en 1960 publicó Poemas escritos en España y, poco más tarde, Memorial de un testigo, y, así, hasta sus últimos días. Abandonó Cuba definitivamente, pero recuperó la poesía, también para siempre. El esplendor de su vida pública fue la derrota de la poesía y la derrota de su vida pública le devolvió el esplendor de la poesía.

Universidad de Granada

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BIBLIOGRAFÍA
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