Es, efectivamente, la voz del narrador de una novela, Cornejas de Bucarest, pero es también la voz del autor de cuadernos personales que han seguido siendo turbadores y efectivos, a cada nueva entrega posterior al magistral La casa del rojo de 2001 —vinieron después Liquidación por derribo, Sin tiempo que perder, Vivir de buena gana, ya en 2011—, en su ansiedad exploradora y su búsqueda de sentido, en su incansable pelea contra el desánimo y la desfachatez pública como amenaza sin remedio. En ningún autor funciona el exorcismo de la escritura contra el daño y la frustración como en Sánchez-Ostiz, en un combate librado a cuerpo limpio y en tantos frentes que debe figurar este escritor de obra exasperada entre los más poderosos agitadores de la vida cultural de la democracia, con su humor acre, su ansia viajera, su afán de espeleólogo moral y, sí, también su obstinación y su egotismo, incluidas sus dos últimas entregas, Con las cartas marcadas y A trancas y barrancas. Sigue siendo para mí, como hace quince años (cuando la revista Quimera le dedicó un monográfico, 2002), un insustituible escritor de la España contemporánea.

La tensión guiñolesca del estilo, el esperpento cotidiano o la intemperancia son la contracara de las cualidades insolentemente burguesas y apaciblemente neuróticas de un autor tardío y casi caprichoso, o estudiadamente indolente, Iñaki Uriarte. Ha sido, sin duda, una de las brillantes novedades (duraderas) de los últimos años gracias a tres volúmenes minimalistas de notas seleccionadas para su publicación entre 2010 y 2015 en una estupenda editorial pequeña, Pepitas de Calabaza («con menos proyección que un cinexín», dicen tan jovial como deportivamente). La neurosis que explica la inspección regular de uno mismo y la escritura consiguiente, entre algodonosa e irresistiblemente irónica, está expuesta de forma meridiana con lucidez desarmante: «Escribir tiene un efecto anestésico. Tranquiliza, como una pastilla ansiolítica. Pero, además, produce una cierta embriaguez». De nuevo es la voz lo que decide la innegable calidad de una prosa leve y propensa al acertijo inteligente, entre un Baroja menos huraño y un Voltaire más dócil y conformista, aunque nunca complaciente ni consigo ni con los demás: ironía, cinismo involuntariamente elitista, camaradería cultural perpleja ante los propios camaradas y una suerte de antinacionalismo impecablemente burgués hasta en su heterodoxia. Rentista ocioso y algo felino, su prosa está hecha con la masa de la cordura y la precisión aguda de la ironía, mezcla bien ligada de moralistas franceses con dosis estables y felicísimas de observador sensato de las insensatas costumbres de la especie, y un humor aparejado con acidez y sin saña, gozo que trota breve y feliz (como si Fernando Savater hubiese de escribir alguna vez unos dietarios…). Es tan higiénica su lucidez relajada como su mismo tono en passant. Sólo puede tener razón con tanta frecuencia y humor quien ha descreído de casi todos los sermones, incluido el de ser «“de una pieza” o “coherente” o “con personalidad propia” y otras tonterías de la misma familia».

La cinefilia, la música y la intensa relectura han seguido estando presentes en los tres volúmenes que Antonio Martínez Sarrión encadenó tras la publicación de sus espléndidas memorias. Ni en ellas ni en sus diarios, del primero y más cuajado Cargar la suerte hasta las últimas Escaramuzas de 2011, rebaja el rebullir de un mal carácter impaciente con la ñoñería, la impostación o la banalidad rimbombante, con enemigos identificados (pongo por caso Luis Alberto de Cuenca y el especialmente reprobado Francisco Umbral). En lo que a él respecta, es el alto ejemplo de los mejores, Benet o Sánchez Ferlosio, el que suele dominar una prosa a menudo áspera y también atrapada en una sintaxis que dice en su propio retorcimiento parte de las murrias de un diarista de lecturas, reactivo y, a menudo, enfurruñado. Las quimeras ideológicas y los residuos sesenteros sobreviven en él relativamente mejor que en un autor que ha solido burlarse con algo de monomanía de ellos, Valentí Puig, tanto en su primer y rotundo clásico de 1982, Bosc endins, como en el siguiente, Matèria obscura, o el más reciente Rates al jardí, los tres tan bien titulados y tan fieles a la hechura de moralista y conservador que pierde fuelle cuando se viste de polemista político a través del diario de actualidad (por ejemplo, Cien días del milenio). Su mejor retrato es suyo: setenta por ciento de Stendhal y treinta de Chateaubriand, con una mezcla natural de costumbres y moralidad vagamente crápula, noctámbula, hedonista e intermitentemente culpable. Es una rara especie en Cataluña como hombre de derechas y no nacionalista, católico creyente (al menos en Rates al jardí), lector asiduo de literatura universal, amante también intermitente e invenciblemente sentimental.

El burgués superdotado por antonomasia, sin embargo, ha sido en la última década y media un autor recientemente fallecido, Salvador Pániker, que ha dotado a su egolatría de una dimensión supersónica y voluntaria e involuntariamente cómica: al final de su último diario aseguró que «continuará, si hay suerte», en un paréntesis final, cuando sabemos ya que otro día «he ordenado a Renato que alumbre todas las chimeneas de la casa», antes o después de asegurar, no menos cómicamente, a los setenta y cinco años, que «juraría que hoy, al fin, estoy más definido» (todo en Diario del anciano averiado). La intimidad sexual y erótica del fundador de la editorial Kairós figura con la misma relevancia vital que las convicciones filosóficas (o que las conferencias que dispersa aquí y allá). Una entrenada distancia escéptica y policultural puebla sus diarios de noticias, de afirmaciones atrevidas, de travesuras y coquetería (con índice de nombres final) para fabricar el cuadro más completo de un egotrip interminable y a la vez tan atrayente como un circo de múltiples pistas con un solo protagonista, a veces intransigente, a veces extasiadamente hippie, politeísta y ateo a la vez, a menudo conmovedor. A su manera, la más reciente publicación de los diarios de Rubert de Ventós, Dimonis íntims, escamotea a conciencia una cronología exacta para fundir y reescribir textos de distintas épocas con materiales intelectualmente fuertes y sentimentalmente dañados, además de atentos a una sexualidad exploradora y a ratos benditamente deportiva. Rubert de Ventós no ha renunciado a una visión propia a partir de una vida singularmente independiente desde todos los puntos de vista, incluida una precocísima convicción independentista, según él, no nacionalista. «No, pienso que no hay que ceder ni encogerse frente al peligro de ser incomprendido; ése es el precio que ha de pagar, de forma inevitable, quien pretenda dejarse ir, sin trampa ni “control de calidad”, entre las propias reacciones intelectuales y afectivas».

Es verdad que una variante frecuente en el diario ha tendido a cuajarlo como espacio de saberes nuevos y viejos, como una suerte de cuaderno de trabajo profesional que abandona su estado provisional o su función práctica y alcanza la fijación impresa. Es el caso de las anotaciones más típicas de Juan Malpartida, elaboradas, extensas, instructivas e inevitablemente irregulares (en Al vuelo de la página y Estación de cercanías). En alguna medida ese esquema funciona para la elaborada cotidianeidad reflexiva y a menudo plástica de José Luna Borge en Pasos en la arena, o incluso de Raúl Carlos Maícas, en quien la acritud o la nota destemplada menudean con más frecuencia (durante años ha publicado sus diarios en marcha, Días sin huella o La marea del tiempo, en una sección de la revista Turia, que dirige). Todo lo contrario sucede en las entregas intensamente literarias, entreveradas de diario y ensayo (y, por tanto, autobiografía), de Chantal Maillard, a veces con un arco de tiempo grande, por ejemplo, en sus diarios de viaje (interior y exterior) a Bélgica y a la India, a veces con una intensidad lírica rota, casi en el límite de la disolución del lenguaje, como en Filosofía en los días críticos o, más aún, en Husos. Notas al margen.

Cerca de la filosofía y del arte, de la literatura y de las humanidades tout court, Jordi Ibáñez Fanés ha encontrado en el formato de un diario titulado El reverso de la historia. Apuntes sobre las humanidades en tiempos de crisis la urdimbre óptima para la diatriba y la meditación, la exploración filosófica sin prisa y la polémica argumentada. Pero, sobre todo, le anima la denuncia (con nombres disfrazados, aunque relativamente identificables) de la decadencia de una sociedad cultural y académica que ha ido cediendo a la banalidad, al populismo perezoso y a la deshonestidad como rutina intelectual. Sus anotaciones más personales suelen ir con el freno de mano puesto para no incurrir en el catastrofismo apocalíptico, si bien está en el corazón de este libro una indecisa nostalgia por otros tiempos, una época —la de Aranguren, García Calvo, Valverde, Sacristán, Lledó— que «da la impresión de haber sido menos embrutecedora que el actual borrado de horizontes, pérdida de referencias y sustracción general de esperanzas», donde la experiencia depresiva de la dirección de su departamento universitario de la Pompeu Fabra tiene, seguramente, una directa incidencia. En mi jerga privada podría coquetear con las redes mefistofélicas del intelectual melancólico. Le sucede algo parecido a otro extraordinario diarista, Enric Sòria, que ha visto de forma insospechada reeditado en 2013 un dietario antiguo, Mentre parlem. Fragments d’un diari iniciàtic, poco antes de publicar por fin una segunda y también excepcional entrega titulada La lentitud del mar: el poeta lacónico y lento que es Sòria se trueca aquí en el intérprete tranquilo de la complejidad cultural del presente, con un acopio de lecturas filosóficas y germanófilas que sustentan una voz sin petulancia, pero con interés real por entender mejor, o entender lo mejor posible, las complicaciones agazapadas en la vida moral del presente desde la historia reciente y a través de la literatura y la filosofía como organismos vivos.