Sin embargo, la modalidad de heterodoxia intraburguesa, ácida y crítica ha encontrado un extraordinario escritor en la voz del novelista y periodista Ignacio Vidal-Folch, con un libro de título inmaculadamente sarcástico —Lo que importa es la ilusión—, destinado a arruinar la menor forma de ilusión idealizante o crédula sobre las condiciones de la prosperidad actual (y cualquier otra), otra vez a medias entre un Pla más honesto y menos escurridizo y un Cioran intemporal, una suerte de fría racionalidad que aporta dosis fuertes de la lógica empírica del periodista con intención, con prosa y con mala leche muy bien dosificada. Sin embargo, lo más poderoso de este autor está en la solvencia física de una prosa hecha de escalpelo y precisión, de materiales reflexivos y meditados, pero también de una acritud impaciente o abiertamente rebelde contra las monsergas aceptadas de manera universal, contra la hipocresía institucionalizada, contra la política como teatro cómico de efectos peligrosos. La lectura literaria es un protagonista radiante del libro (sólo una mínima selección numerada de sus ingentes cuadernos) y las epifanías laicas y racionales se suceden en el comentario y el análisis, a veces con un contagioso entusiasmo derramado como si fuese para nada: algo de la actitud literaria del mejor Julio Caro Baroja (el de Los Baroja) alienta en esas páginas entusiastas sin el menor entusiasmo para fingir que se cree en algo, pero sin creer en nada demasiado en serio.

Son de este tenor las mejores noticias de los últimos años en el campo de los dietarios, con frecuencia en forma de resistencia a orden retórico o ley de género alguna o, mejor aún, como flagrante invitación silvestre a la pluralidad de modos y de temas, de comprensiones ensanchadas y enriquecidas de la intimidad como refugio elaborado y culturalmente expresable. Las tres entregas de Andrés Sánchez Robayna, la última en 2016, Mundo, año, hombre, consignan de forma a menudo grave y solemne, sin apenas espacio para la erradicación del humor o la comicidad, las experiencias estéticas del autor no sólo como el poeta y crítico en activo que es, sino también como traductor, como oyente de música, como atento visitante de exposiciones de pintura o escultura: ésa es una intimidad absorbente donde late más viva la vida del escritor que en la apenas aludida intimidad familiar o doméstica, aunque lo esté. Su antena es estética, sin duda, pero es ética también y no calla el bochorno ante esta o aquella oposición académica o la rebelión íntima contra lemas o propósitos políticos. Es una intimidad muy poblada y densa, consciente de su propia ubicación como poeta en una determinada tradición estética, no obstante apenas tenga nada que ver con la que registra otra buena poeta, Concha García, en sus diarios Los antiguos domicilios, muy próximos a su propia poesía, con anotaciones a veces crípticas, a veces muy domésticas, pero casi siempre tocadas de una forma de la alusión lírica que cumple con el mecanismo del diario, si bien lo abstrae de la cotidianeidad para fijarlo en la radiografía simbólica de los estados de ánimo, de las decisiones indecisas, a veces sólo del registro del desaliento.

Del mismo modo que el resorte político e ideológico está muy despierto en Ignacio Vidal-Folch, si bien no es la causa de su alta calidad, la política y la literatura se han llevado crecientemente bien en este tramo de siglo xxi, cuando menos desde el cuaderno de trabajo de otro ensayista, poeta y activista como Jorge Riechmann: Una morada en el aire excedía la dosis habitual de información polémica y más o menos incorrecta políticamente, con diatribas, datos y citas contundentes, aunque lo más original no son tanto las llagas políticas que registra entre agosto de 2002 y agosto de 2003 como la encrucijada que defiende: se abre a la lírica metafísica y laica de Juan Ramón Jiménez sin renunciar a Bertolt Brecht ni a Manuel Sacristán y es fiel a un mapa nominal congruente y sólo a veces demasiado previsible o reiterativo. Lee con atención, me temo que innecesaria, al Saramago ideólogo, soporta insospechadamente bien la predicación de Juan Goytisolo y se sabe de memoria los artículos de Noam Chomsky o las anotaciones lapidarias de Kapucinski. La lírica y la imaginación enseñan a rebajar el orgullo altivo de una izquierda demasiado segura tanto de sus derrotas como de su razón.

Casi nunca faltan ambos rasgos —lírica e imaginación— tampoco en un original libro misceláneo o cuaderno de cachivaches de Luis García Montero, titulado Una forma de resistencia: la melancolía está, pero está vigilada y filtrada por una tentación autocrítica de fondo. Ramonea sin exhibirse, o como si Gómez de la Serna hubiese rebajado parte de su genial chifladura y, al mismo tiempo, activa el motor de la distancia crítica e ideológica consigo mismo, con su pasado y con el presente. Es desarmante, como tantas veces en García Montero, la ausencia de petulancia y la simultánea ansiedad por ir desgranando en murmullos, sin levantar la voz, las esquinas de una vida particular a través de objetos y espacios recortables (como los de la cubierta del libro), que, sin embargo, contienen una mirada irónica y combativa, es decir, inteligente. Bastante hace, dice, con no convertirse en un cascarrabias, precisamente porque sabe el doble esfuerzo que pide «envejecer sin locuras». A la altura del tercer tomo de su diario en 2012, Llibre d’actes, Vicenç Villatoro ha recorrido ya todos los espacios institucionales de la política en Cataluña, de la conspiración y del independentismo precoz como alto cargo cultural: la enrevesada agenda de un escritor metido a político deja respirar sólo a ratos al escritor para juicios taxativos, apuntes a menudo aduladores (con Jordi Pujol y algunos consellers) y discretas alusiones que exaltarán a los investigadores sobre el tejido político-cultural de la Cataluña contemporánea. Pero agotan al escritor o minan sus futuras fuerzas, que es algo que supo invertir Antoni Puigverd, novelista y columnista, al armar en forma de diario un buen puñado de observaciones y meditaciones de actualidad, ensambladas con un leve artificio en la voz de un hombre que vive su propia consistencia personal en conflicto con el poder y la opinión pública: por eso lo tituló La ventana discreta. A cambio, la actividad periodística de Elvira Lindo y las inseguridades profundas y desnudas actúan como motores fieles e intrigantes en las páginas de Noches sin dormir, que es una especie de despedida agridulce de su vida en Nueva York y, a la vez, una suerte de sortilegio secreto para que la incertidumbre de la literatura no sea depresiva sino tonificante. En el trasfondo de ese libro está otro de su marido, Antonio Muñoz Molina, aludido explícitamente, Ventanas de Manhattan, en una especie de diálogo franco y valiente, amenazante y a la vez cómplice. Ese mismo libro de Muñoz Molina había sido en 2004 un testigo elocuente de la condición híbrida de la narrativa moderna: el don probadísimo del novelista se aliaba con el del observador e inquieto analista de una realidad social hiperactiva que oculta las heridas heredadas de la historia. La brevísima muestra que ofreció en 2007 de sus Días de diario alienta la confianza de reencontrar episodios tan extraordinarios como su entrevista conmovida a Philip Roth.

La indiscreción ha sido en buena medida la marca literaria de un escritor menor, pero de enorme interés sociológico y antropológico. Hoy disponemos de la transcripción cuidadosamente editada por Anna Caballé y su equipo de los diarios de Francisco Candel entre 1944 y 1975, titulados de forma melodramática El gran dolor del mundo: la inmersión en la cotidianeidad humilde y honesta de Candel tiene algo de inmersión en los infiernos invisibles de la pobreza, de la solidaridad obrera, de la conspiración antifranquista de cada día, además del valor de una vida vivida a ras de tierra y a menudo sin colchón protector: «Repaso mi diario. Es una experiencia terrible. Me cogen ganas de llorar». No tuvo nada Candel, por descontado, de exiliado interior, sino exactamente de lo contrario: de activista modesto y tenaz, no sólo por escrito, contra las condiciones de vida de unas clases trabajadoras inmigrantes y no inmigrantes que apenas comparecen en los diarios que al mismo tiempo, y a miles de kilómetros de distancia, escribía un exiliado real con su consternación insoluble, Max Aub, no tanto en las páginas de La gallina ciega como en las que Manuel Aznar Soler ha rescatado en dos tomos fascinantes de Diarios, publicados por Alba, en torno al taller íntimo de un escritor con razones para quejarse y pasión por la confesión introspectiva, a veces profundamente amarga y otras inesperadamente cómica: el humor de la derrota.