Esa visión simbólica de lo que ahora es un barrio de Barcelona y en su día fue, como Gracia, Horta o Sarriá, municipio independiente dedicado al veraneo, aparece también en sus novelas. Veamos un par de ejemplos. En el primero, nos sorprenden tanto la imagen poética de la ubicación, a caballo entre Barcelona y la comarca del Vallés —la ciudad y el campo—, como esa especie de aforismo final que apunta uno de sus ritornelos en el que de nuevo se unen ciudad, patria y memoria: «La cercanía del invierno se notaba en los rápidos crepúsculos sobre el Vallés, mientras al otro lado de la casa de Carvalho Barcelona aceptaba la noche sobre el mar, las contaminaciones y el desigual reparto del lucerío urbano incipiente. Las ciudades se aceptan porque abrigan, como las patrias o los recuerdos» (1981, p. 39); la segunda cita, procedente de la misma novela, juega con la comparación entre casa y madriguera (al tiempo que nos sugiere su oposición a «La ciudad como infierno», desarrollada en un ensayo de 1998, La literatura en la construcción de la ciudad democrática) y termina con una reflexión pesimista sobre el futuro de la capital: «[Carvalho] no hacía otra cosa ahora. Bajar al puerto en busca de relax entre tediosas esperas y tediosos casos de investigación subcriminal o subir al Tibidabo en busca de su madriguera en Vallvidrera, desde la que contemplaba una ciudad más vieja, más sabia, más cínica, inasequible para la esperanza de ninguna juventud, presente o futura» (1981, p. 21). Subir, bajar, el puerto frente a las colinas: otras geometrías recurrentes.

 

MONTJUIC
Y nos queda Montjuic, más cercano al núcleo viejo de la ciudad, marcado por su castillo desde el que ha sido bombardeada varias veces, pero también lugar de esparcimiento y de expansiones… Éste será uno de los aspectos que le interesará destacar en su Barcelonas: «[…] los bosques de Montjuic servían para el desfogue de las clases populares barcelonesas, constreñidas dentro de las murallas de la ciudad hasta el Plan Cerdá, añorantes del hombre libre en la naturaleza libre. Montjuic en este caso, montaña de fuentes y explanadas donde encender fogatas, cocinar comidas de domingo, jugar a la cuerda o a la gallina ciega y cantar canciones de amor, de nostalgia, de ternura o de anarquía» (1990, p. 15). De nuevo, encontramos las murallas como elemento represor, si bien nos interesa ahora subrayar ese sintagma rousseauniano que recuerda el título de otro ensayo suyo: «El hombre libre en la ciudad libre». Es decir, la idea de la libertad como componente imprescindible en su imaginario sobre la ciudad, especialmente, si nos referimos a las clases populares.

La montaña es, asimismo, a partir de cierto momento, el lugar del cementerio, hasta el punto de convertirse ambos términos en sinónimos en el habla local. Y ese cementerio, que es como el negativo de la metrópolis, una ciudad dentro de la ciudad, con sus calles, sus «pisos» y hasta sus vistas, se convierte en un símbolo de pluralidad; Montjuic no, «Montjuics»: «Hay, de hecho, cuatro cementerios en uno: el de los ricos…, el de la inmensa mayoría…; el de los miserables…; y aún queda el cuarto cementerio, el de las tumbas comunes y clandestinas donde el franquismo enterró a sus fusilados incontrolados y prohibidos, el Fossar de la Pedrera» (1990, pp. 22 y 23). El foso, el osario, le trae a la memoria la composición de uno de sus autores preferidos, Jaime Gil de Biedma: «Pero, antes de que Montjuic se normalizara históricamente, tuvo que pasar por el expediente de ser mazmorra política durante la guerra y la posguerra y de que sus fosos quedaran una vez más requemados por los fusilamientos, [como] poetizará Jaime Gil de Biedma, en uno de los mejores poemas que ha merecido esta ciudad» (1990, pp. 21 y 22). Se refiere al conocido «Barcelona ja no és bona o mi paseo solitario en primavera», que glosará en otro lugar: «En este poema hay una apuesta por la nueva ciudad en función de una rememoración y de una crítica en la realidad. Se dan las tres claves fundacionales de la ciudad futura: la memoria, la realidad y el deseo» (2001, p. 78). Retengamos estos tres términos finales.

 

TERRITORIO: ESPACIO Y TIEMPO
Nos conviene, sin embargo, abandonar las alturas, descender desde las colinas hasta el llano, ir al corazón de la ciudad y acercarnos al lugar donde Vázquez Montalbán y su alter ego literario nacieron y pasaron los años de su infancia y adolescencia. Este territorio que, si bien se corresponde con un distrito —ahora es el i—, ha pasado por distintas denominaciones: «Es un barrio con muchos nombres: “distrito v”, “barrio Chino”, y ahora lo han dignificado y se llama “Raval”, que es una vuelta a su antiguo nombre, al verdadero. Pero lo importante es que en aquella época era un barrio vencido, más dominado que otros por el franquismo, un barrio que le sobraba a la burguesía de la ciudad y donde convivían el proletariado inmigrante y el proletariado local» (2003, p. 17). El «barrio vencido» alude, claro está, a los años cuarenta; la zona, como veremos, se puede todavía acotar más: «En el barrio Chino podían distinguirse tres espacios: la calle, donde era mejor ser prudente y discreto; la casa, donde volvías a encontrar las sombras y las luces anteriores a la guerra; y los terrados, en los tejados, esos terrados tan característicos de Barcelona donde se podía disfrutar de la libertad de un cielo más próximo…» (2003, p. 17). Tres espacios que iremos descubriendo paso a paso y un afán de libertad (identificado con las alturas) que busca huir de esa «conspiración de silencio» de las calles. Un barrio, curiosamente, poblado de futuros escritores y hombres de letras: los hermanos Moix, Terenci y Ana María; Víctor Mora; los profesores Joaquín Marco y Sergio Beser; el dramaturgo Benet i Jornet; Maruja Torres; Robert Saladrigas o el también periodista y novelista González Ledesma. Quizá porque, como intenta justificar nuestro autor, «era un mundo que propiciaba la memoria» y, como es sabido, ésta es «una fuente literaria básica» (1985a, p. 33).[vi]

Sin duda, el cultivo de la memoria es una de las señas de identidad de nuestro autor y de su serie Carvalho en particular, especialmente, en algunos títulos. Así, en el cuento «Desde los tejados», leemos:

Carvalho se quedó sin proyecto vital y deambuló por el barrio en busca de puntos de referencia para reconstituir una patria. Muchas tiendas seguían vendiendo lo que siempre habían vendido […]. Pero faltaban tiendas fundamentales en el paisaje mental de Carvalho, por ejemplo, la bacallaneria del señor Juan o la trapería de la calle Carretas. También había desparecido la tienda de legumbres cocidas de la calle de la Cera ancha y el rótulo del bar Moderno, convertido ahora en un tascorro gallego. Tampoco estaban los gitanos […]. Se habían llevado la caravana cincuenta metros más arriba, a otro bar situado esquina de la calle San Salvador (1987, pp. 17 y 18).

 

Sobre la idea de la ciudad como patria que hay que reconstruir reflexionará a instancias de una pregunta de George Tyras: «[…] por una parte está la ciudad patria, que es la ciudad de los orígenes, y, por otra parte, la ciudad conceptual, y no son las mismas ciudades. Y date cuenta de que nos encontramos otra vez en el terreno de la tensión entre memoria y deseo, entre memoria y realidad, que provoca esta doble percepción de lo que es la ciudad de los orígenes, que es carnal, por así decirlo, y la otra ciudad, que es una ciudad percibida a partir del conocimiento» (2003, p. 79). Memoria, realidad y deseo: ese trípode de matiz cernudiano que él aplica a su visión literaria de la ciudad. En Barcelonas su reflexión va un paso más allá, siguiendo al filósofo Eugenio Trías, quien «defiende el país-ciudad para negarse a aceptar la pesadilla del país-nación» (1990, p. 322).

 

EL BARRIO
La mejor descripción del barrio la encontramos en un fragmento de Barcelonas que no dudo en calificar de antológico, por su capacidad evocadora. El lector casi puede percibir los olores, los sabores, los sonidos de los que habla Manuel Vázquez Montalbán y, al tiempo, darse cuenta de cómo usa la conocida técnica del collage, tan antigua en él. No faltan, como es de rigor, las pinceladas literarias:

El barrio Chino barcelonés invadió la calle Escudellers y sus aledaños, a manera de marca delictiva, pero su meollo estuvo y está al otro lado de las Ramblas, entre Atarazanas, el Paralelo y la calle del Hospital. Allí se mezclaban putas y familias obreras, profesionales de la mariconería y locales sindicales ácratas o de nacientes formaciones socialistas y comunistas, cárceles de mujeres y meublés olorosos de zotal e ingles, chiringuitos de finos y generosos con chiringuitos de cazalla o de barrecha (cazalla y moscatel), una de las primeras síntesis culturales del contacto entre el pueblo catalán y los emigrantes. Fue Francis Carco quien exaltó literariamente por primera vez la sordidez del barrio Chino barcelonés y creó la atención de la Europa culta hacia el barrio maldito de la Barcelona portuaria. Luego Jean Genet […] y André Pieyre de Mandiargues […] han glosado literariamente el barrio […]. No hay duda de que Jean Genet vivió el barrio Chino como un nativo, […] tal vez convertido él mismo en espectáculo para los personajes de Vida privada de Sagarra […]. Entre olores a amoniaco y saltando sobre cadáveres de gatos muertos, los señoritos de Sagarra se van hacia la aventura del espectáculo de la miseria. La descripción del escritor no tiene desperdicio (1990, pp. 176 y 177).

El «cuadro» casi naturalista de Vázquez Montalbán, como vemos, tampoco lo tiene. La prosa de Josep Maria de Sagarra fue, a no dudar, una fuente de inspiración creadora para este libro. No olvidemos que a él y a José Agustín Goytisolo se debe, precisamente, la versión castellana de Vida privada.[vii]

En cualquier caso, es esta imagen del barrio abigarrada, múltiple, excitante la que lo empujó a describirlo con detalle en sus novelas carvalhianas, pero con matices que hasta ahora no hemos mencionado: