TOPOGRAFÍAS

Casa Antigua, Casa Nueva, Casa Genovesa; fortaleza de Palmira, puentes de Novi Sad, la Tumba de Maó, la capilla Rothko de Houston, el Paraninfo de la Universidad de Barcelona el 20 de enero de 1969, primera galería, segunda galería, tercera galería; Brasil, Camboya, Tanzania, Egipto, Italia, Siria, India, Filipinas, Estados Unidos, Salvador; Sarajevo, Moscú, Pekín, Houston, París, Roma, Los Ángeles, Beirut… Barcelona, mucha Barcelona; también Vilanova de la Geltrú y Ribes Roges —una enorme cantidad de lugares relacionados con la vida o la mitología propia, aparte de los sitios donde habían acontecido cosas, revoluciones o desastres históricos, o parajes solitarios que se relacionan con Rilke o con John Keats—, todos estos lugares (y muchos más) componen los itinerarios a los que nos invita Rafael Argullol con este libro afirmado, por otro lado, su nomadismo intelectual: «Todos los países que he visitado, todas las ciudades en las que he vivido eran las ánimas que mi alma exigía incorporar para llegar a ese punto de entereza en el que la hojarasca coincide con el pensamiento». [43]

Cuando el manuscrito ya estaba editado, un sábado por la mañana fuimos a fotografiar los lugares de Barcelona con los que el texto del libro se relaciona de manera directa o indirecta: la cárcel Modelo y la comisaría de la calle Layetana, el estanque de tabaco en la esquina de Diputación con Rambla de Catalunya de Barcelona, la Escola Pía de la calle Balmes (donde Rafael cursó primaria y secundaria), la iglesia Sant Josep de Muntanya (con ex-votos), etcétera. Previamente, también buscamos otros escenarios del libro que están a las afueras, como Ribes Roges (en Vilanova i la Geltrú, donde su familia tenía una casa al lado del mar y donde pasó muchos veranos de su vida), Hostalets de Balanyà, el lugar donde de escolar iba a hacer ejercicios espirituales y muchos otros.[44] Serbia, Grecia, Pedrinyà, Barcelona, numerosos son los escenarios de los viajes compartidos que inspiran las páginas del libro, pero destacaría «El tren», donde narra nuestra travesía transiberiana, desde Pekín a Moscú, en agosto del año 2004, y donde yo aparezco bajo el pseudónimo de Rusalka.

 

CONOCIMIENTOS

«Opté por el “yo” que se busca a sí mismo, que busca conocerse a sí mismo, y por aplicar un criterio contrario al de Narciso […]. Dicho en términos de conocimiento: Narciso quiere conocerse a sí mismo a través de sí mismo. El que mira desde el fondo quiere conocerse a través de los otros y de lo otro».[45]

Son las palabras de Argullol a propósito del título final de su libro,[46] que él mismo amplía: «Tú sabes que Narciso se mira en la superficie del agua y empieza a obsesionarse tanto con su imagen que llega un momento en que su tendencia es autodestructiva: no logra escapar al solipsismo de la mirada, del círculo vicioso. De allí salió la idea del fondo del mar. Era mirar la superficie del agua, pero en vez de situarme arriba, como lo hizo Narciso, mi idea era situarme abajo, con lo cual no ves reflejada tu imagen: ves algo que al principio es muy turbulento y luego se aclara».[47]

Visión declara este propósito ya en el primer capítulo, donde el narrador confiesa haber enviado su saliva para ser descodificado genéticamente. Esta coquetería del escritor, que suele tener a la vez admiración y animadversión hacia el progreso de las ciencias naturales, busca indagar en sus orígenes ancestrales. La genética y la estadística, por un lado, y los mitos y el espíritu, por otro, de nuevo remiten al interrogante: ¿quién soy yo? Es lo que abre el texto, invitando al lector interesado a formular esta misma pregunta en su interior y a navegar junto con el escritor en búsqueda de posibles respuestas.

Y no existe la respuesta ya que, tal y como señala de nuevo Rafael, hay que remitirse a la multiplicidad de identidades. Aquí se situaría muy cerca de Spinoza, uno de sus filósofos preferidos: conocerse y reconocer la propia complejidad es la condición esencial para aprender a nadar en el mar de nuestra existencia con honestidad y placer. «¡Qué gran error aprender a decir “yo” y ya creer que sabemos quién somos!»,[48] exclama en el texto. Y escribe Visión también como el ejercicio vital de quien camina por el laberinto y se encuentra con múltiples espejos antes de salir. Lo confiesa en el magnífico capítulo «Masquerade», casi al final del libro, donde evoca sus múltiples rostros que ha visto reflejados.

«He hecho de […] Aquiles, el rey Arturo, el capitán Ahab, Segismundo, Werther, Casanova, Pangloss, Orfeo, Empédocles, Prometeo, Io, Penteo, Gregorio Samsa, Hans Castorp, Adán, Caín, don Quijote, Pantagruel, Orestes, Minotauro, Esfinge, Pechorin, Calígula, Lear, Lord Jim, Hamlet, Dorian Gray, Joseph K., Woland, Fausto, don Juan, Humbert Humbert, príncipe Mishkin, Zarathustra, Fedra, Antígona, Filoctetes, Iván Karamazov…».[49]

Si yo tuviera que escoger entre todos estos referentes del escritor, diría que Rafael ha hecho más de Ulises que de otros personajes literarios aquí citados. Aunque siempre ha cuestionado si su héroe predilecto realmente quería volver a Ítaca.[50]

La coherencia vital que persigue en su literatura no le contiene a la hora de confesar que ha sido hombre de múltiples máscaras y acude a la literatura para hablar de sus diversas identidades. Y dónde está la frontera entre la ficción o no ficción en la Visión, diría que en este libro es el lector —cada lector— el que tiene que decidir.

 

VII. ANTES DEL PUNTO FINAL

Concededme unos minutos más para daros una última explicación […]. Gracias a nuestra sed de explicación hemos construido bellezas y hemos asesinado. […] Esto, ante un tribunal que me juzgara, me permitiría defenderme:

—Señores jueces, he pintado, o escrito, mi autorretrato de acuerdo con la técnica de rompecabezas […] Uno deja desmembrarse, trocearse, por la memoria.[51]

 

Para mí, este libro significaba completar mi propia visión de Rafael, intentar entender la compleja personalidad de un hombre que llevaba ya ocho años conociendo desde muy cerca. Debo de reconocer que Visión también cumplió este propósito. Personalmente lloré tanto al abrir la primera página, y ver que me lo había dedicado («A la que tiene los ojos del color de la miel»), como al concluir la lectura, y cerrarlo, con cierta tristeza, por haberse acabado esta aventura lectora de mil doscientas doce páginas.

Visión desde el fondo del mar recoge la historia del siglo xx a través de un espléndido ejercicio minucioso de narración y exploración, que va desde el yo al mundo y desde el mundo al interior de sí mismo; de total sinceridad literaria y personal, su escritura vuelve a vislumbrarse como el agua cristalina del mar que uno —aquí Rafael Argullol mismo— ve si mira desde el fondo marino hacia la superficie, cuando atraviesan los rayos del sol. Su escritura son estos rayos que atraviesan aquí la existencia humana. La suya, y la nuestra. Además, al final nos recuerda: «El mar es un buen confidente: escucha sin exigir explicaciones, agota sin crueldad, absuelve por amor».[52] A la vez que reconoce que ha «escrito este autorretrato para liberarse de los malditos intermediarios».[53]

En este maravilloso ejercicio de conocer y autoconocerse a través de un libro único, Visión ofrece al lector un universo entero, a mano de un hombre excepcional y del talento literario que aún tiene pendiente ser reconocido en toda su excelencia.

 

[1] Zorica Bečanović-Nikolić, «L’identité narrative dans Visión desde el fondo del mar de Rafael Argullol», en: Penser l’autofiction, perspectives comparatistes, [Sous la direction de Adrijana Marčetić, Isabelle Grell, Dunja Dušanić], Universidad de Belgrado, 2014, pp. 146-147.

[2] Alegorías que Argullol utiliza en el texto cuando habla de estados emocionales cambiantes.

[3]«Oriol Alonso Cano, Archipiélago. Retrato polifónico de Rafael Argullol», Subuselo, 2015, pag. 214.

[4] Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar, Acantilado, 2010, p. 1115.

[5] Entrevista con Carlos García Gual, Diálogos de la Fundación March, <https://www.youtube.com/watch?v=YQE5J_N54Zw>, minuto 07:45.

[6] Ibid., minuto 11:30.

[7] Rafael Argullol, Una educación sensorial. Una historia personal del desnudo femenino a través de la historia de la pintura, Acantilado, 2012, pp. 11 y 12.

[8] Ibid., p. 7; p. 12

[9] Ibid., p. 8.

[10] Escribió una primera versión en italiano enseguida después de su viaje a Lampedusa (1981) que nunca publicó, pero que cinco años más tarde le sirvió de base para su primera novela.

[11] Cabe señalar que inmediatamente después de Davalú, donde relata la experiencia del dolor, escribe Una educación sensorial, centrado en la experiencia de placer, como un antídoto frente al primer libro.

[12] Rafael Argullol, Davalú o el dolor, RBA, 2001, p. 11.

[13] Xavier Moret, «Mi novela subraya el peligro de lo irracional», El País, 08/01/1993; <https://elpais.com/diario/1993/01/08/cultura/726447601_850215.html>.

[14] Argullol utilizó el adjetivo «transversal» mucho antes de que este término se pusiera de moda en la crítica literaria. Su motivación principal era defender el principio de la libertad también en su escritura, rehuyendo de la obligación de encasillarse en las reglas de un solo género literario.

[15] Este libro publicado en 2005 reúne una selección de ensayos escritos a lo largo de veinticinco años anteriores.

[16] Visión…, p. 815.

[17] Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar, Acantilado, 2010, p. 61.

[18] «Soy enemigo de lo que Walter Benjamin llamaba “el lenguaje de los rufianes”», suele decir.

[19] Bečanović-Nikolić , «L’identité narrative…», p. 149.

[20] Djermanovic, Tamara, «Rafael Argullol: literatura y viaje», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 756, 2013, pp. 7-20. <https://issuu.com/publicacionesaecid/docs/ch_777_digital_c_marzo_2015>.

[21] A este respecto es importante señalar la existencia de una web completa <http://www.visiondesdeelfondodelmar.com>, que incluye muchas de estas fotografías, como también diverso material gráfico y de archivo, aparte de fragmentos del texto del libro. Fue técnicamente elaborada unos meses antes de la publicación del propio libro por la misma editorial Acantilado, ideada y asesorada siempre por el escritor.

[22] Rafael Argullol y Vidia Nivas Mishra, Del Ganges al Mediterráneo, un diálogo entre la culturas de India y Europa, edición de Óscar Pujol Riembau, Siruela, 2004.

[23] Visión…, pp. 208-209.

[24] Ibid., p. 8.

[25] Bečanović-Nikolić, «L’identité narrative…», p. 149.

[26] Visión…, p. 707.

[27] Las intenciones de Argullol con este libro, subtitulado Escritos sobre el sacrificio y la celebración y de la belleza, se resumen así en su contraportada: «Preocupado desde siempre por las relaciones entre el hombre y la indagación artística en cualquiera de sus disciplinas como una vía hacia el conocimiento, nos propone esta vez un viaje a través de veintidós estaciones, en las que nos encontraremos, entre otros personajes y lugares, a Miguel Ángel, Honoré de Balzac, Goethe, Lucrecio, Dante, Thomas Mann, Victor Hugo, Montaigne, Shakespeare, Durero, Picasso, Nietzsche, Rilke, Dostoievski, Mantegna, la Cappella Sansevero, la nave Soyuz, la piedra del escultor, lo espectral, las montañas o el silencio»; Acantilado, 2013.

[28] Escribe a mano y el ordenador utiliza sólo para escribir correos o consultar en internet.

[29] A partir del 1996, cuando se operó la espalda, Rafael Argullol dejó de escribir sentado en el escritorio.

[30] Camilo Hoyos, «El viaje caligráfico de Rafael Argullol», por primera vez publicado en la revista El Malpensante, en su número 121, julio de 2011, y cuya versión electrónica se puede leer en este blog: <https://blogs.elespectador.com/cultura/mirabilia/el-viaje-caligrafico-de-rafael-argullol>.

[31] Visión…, p. 556.

[32] Visión…, p. 743.

[33] De las dos mil páginas del manuscrito, quedaron unas mil doscientas en el proceso de la corrección final, que en la versión impresa son mil doscientas doce páginas exactamente.

[34] Bečanović-Nikolić, «L’identité narrative…», p. 147.

[35] La foto del barco sumergido que sale en la portada la hice yo en el puerto de Symi, en agosto de 2003, cuando pasamos veinte días en esta isla griega.

[36] Véase: <http://www.acantilado.es/catalogo/vision-desde-el-fondo-del-mar/>

[37] Visión…, pp. 866-867.

[38] Ibid…, p. 1007.

[39] Ibid…, p. 891.

[40] A estos tres títulos literarios de L. N. Tolstói se asemeja el marco temporal de la Visión.

[41] Cuando vuelve a la Modelo, en la primera década del siglo xxi, recuerda los grabados de Piranesi y sus Cárceles imaginarias.

[42] Visión…, p. 125.

[43] Ibid., p. 873

[44] Visión incluye una especie de breve novela titulada «La noche transfigurada» que Rafael escribió mucho tiempo antes, cando tenía algo más de veinte años, y que introdujo en su gran libro, editándolo para la ocasión.

[45] Rafael Argullol en: Camilo Hoyos, «El viaje caligráfico…», <https://blogs.elespectador.com/cultura/mirabilia/el-viaje-caligrafico-de-rafael-argullol>

[46] Antes de decidir titularlo Visión desde el fondo del mar, había barajado como posibles títulos Los retornos y Autorretrato desde el fondo del mar.

[47] Ibidem.

[48] Visión…, p. 105.

[49] Visión…, pp. 1115-1146. Los nombres que se citan van apareciendo en las páginas de este capítulo, y aquí las juntamos seguidas.

[50] Visitamos juntos la isla de Ítaca, buscando algunos rastros de Ulises, en agosto de 2007.

[51] Visión…, p. 1197.

[52] Ibid., p. 1209: p. 1147.

[53] Ibid., p. 1205. Rafael en este último capítulo recuerda cómo en la edad de nueve años entendió el siniestro papel de intermediarios en la subasta de pescado en Ribes Roges; pp. 1200-1201.

 

Citaría los libros Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010), Davalú o del dolor (2001), Una educación sensorial (FCE, 2002) y Poema (Acantilado, 2017) como sus textos directamente autobiográficos. A estos se añadirían Cazador de instantes (1996), Puente de fuego (2004), Breviario de la aurora (2006), Pasión del Dios que quiso ser hombre (2014) y Mi Gaudí espectral (2015) como libros de reflexiones íntimas del escritor, donde su filosofía de vida se fusiona con su poética y su estética, que en muchos momentos parten de sus experiencias vitales.

En este artículo me centraré en el primer bloque de libros, y sobre todo en Visión desde el fondo del mar, su obra magna desde el punto de vista objetivo y subjetivo, un ejemplo óptimo de lo que se entiende como el género de la autoficción literaria; un libro de mil doscientas páginas de cuya preparación, gestación y escritura fui testigo directo.

En Visión desde el fondo del mar, cuyo primer título ideado era Autorretrato desde el fondo del mar, la escritura de Rafael Argullol es como el agua cristalina del mar que uno —aquí el escritor mismo— ve si mira desde el fondo marino hacia la superficie, cuando atraviesan los rayos del sol; sus palabras en este texto, de total sinceridad literaria y personal, se parecen a estos rayos luminosos que atraviesan la existencia humana. «La palabra visión incluye una amplia gama de lugares visitados y experiencias vividas, pero el título sugiere que los ojos que miran están en el fondo del mar. Esto crea una compleja red de enlaces entre el núcleo profundo del “yo” que narra, y los comentarios, discusiones y muchas formas del “yo” que el autor utiliza para entretejer una sección transversal y temporal de su vida, del mismo modo que el texto entra en relación con el mundo de hoy al que se dirige, y con los mundos distantes en el tiempo y en el espacio», afirma Zorica Becanovic Nikolic en su texto sobre el aspecto autobiográfico de esta obra de Argullol.[1]

El imperativo de autoconocerse que inspira el texto invita a esta travesía arriesgada a cada ser humano para que se adentre en su lectura; entre el jardín de la melancolía y el jardín de la jovialidad,[2] entre nuestra fragilidad y nuestra capacidad de grandeza, entre los sueños y la realidad, entre el destino y el azar, se construye la vida.

No sé si la escritura de Rafael Argullol me ha ayudado a penetrar más en su compleja personalidad o ha sido al revés: que conocerle de cerca ha iluminado con toda la profundidad sus libros. Es difícil saberlo. Pero emprendo con ilusión la labor de acercar al lector con qué coherencia le vi reflexionar y escribir sus libros, y, sobre todo, vivir lo que como escritor y pensador ha compartido con sus lectores.

 

  1. AÑOS DE FORMACIÓN

La formación intelectual de Rafael Argullol fue muy heterodoxa, según él siempre ha afirmado. A los dieciséis años quería ser cirujano y empezó a estudiar medicina; luego se superpuso su deseo de ser viajero, que, según él mismo entendió, era incompatible con la profesión del cirujano. Abandonó la facultad de medicina y estudió economía y ciencias de la información —«No porque tuviera un talante renacentista y universal, sino porque no sabía qué hacer», le escuché decir más de una vez—.

Aunque no acabó medicina ni se realizó como cirujano en el quirófano, Rafael sí que ha seguido la práctica de ir penetrando debajo de la piel de las palabras: «Ir urgando en la piel de las palabras como una manera de ir autoconociéndose», es una de las afirmaciones con las que describe su metodología literaria: partiendo de la esencia microcósmica de los vocablos, ir elevándose a la dimensión macrocósmica e universal, y compartirla con el lector. ¿Cuándo empieza a escribir? A esta pregunta Rafael me contesta rotundamente: «Desde que tengo conciencia he escrito. He escrito desde siempre». Y cuenta la anécdota de que su madre le pilló un cuadernito, cuando tenía nueve o diez años, en el que había escrito sobre la bomba atómica.

Su contacto con la universidad, según él mismo me ha relatado, fue más bien por azar; conocer en 1978, en Barcelona, al profesor José María Valverde, que entonces había regresado de Canadá, y contarle que en su año en Roma había empezado a escribir un libro «sobre Leopardi, Hölderlin y Keats» fue decisivo a este respecto. «El célebre intelectual […] rápidamente advirtió el brío y vigor intelectual de Argullol y le planteó la posibilidad de que aquel ejercicio monumental de ensayo se convirtiese en tesis doctoral. A su vez, propuso a Argullol que le ayudase a impartir alguna de sus diversas clases en la Universidad de Barcelona».[3]

Rafael nunca ha intentado disimular que inició la carrera académica por esta circunstancia del destino y no por haber tenido esta ambición una vez acabados los estudios de Economía y Ciencias de información. No es de extrañar que confiese: «No me consideraba profesor sino que hacía de profesor»[4] y añada «Fue una profesión que he desarrollado con mucha pasión pero que en realidad me vino adherida».[5]

En relación al tema de este texto, es esencial destacar que el escritor mismo siempre ha insistido en la experiencia de la vida como la fuente primera de su bildung personal e intelectual. Entre muchas anécdotas que recuerda como cruciales antes de llegar a la edad adulta —él comprende que ésta se inicia cuando empieza la universidad— es importante detenerse en lo que inspira su libro Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino a través de la historia de la pintura. El subtítulo revela a qué se refiere el autor cuando afirma «Tuve la suerte de educarme eróticamente con la Venus del espejo de Velázquez», «la historia que juega la revista Playboy, en mi caso la jugaba la Historia del Arte de José Pijoan».[6] Rafael explica cómo después de sus primeros escritores preferidos, como Julio Verne y Emilio Salgari, el universo de la biblioteca del abuelo materno fue una especie del espacio sagrado al que accedía para descubrir un mundo que le intentaban ocultar, lleno de maravillas, como la belleza del cuerpo femenino.

En la biblioteca del abuelo, un militar ilustrado que murió antes de que Rafael naciera, tres volúmenes de la Historia del Arte de Pijoan, con las pinturas del desnudo femenino que contenía, jugaron un papel decisivo para la educación de su sensibilidad, como él mismo confiesa en la nota preliminar:

Pronto me vi a mí mismo, sentado en un sillón de lo que había sido el despacho de mi abuelo, consultando unos libros que necesitaba para la asignatura de la escuela, pero inmensamente más interesado en examinar las anatomías prohibidas de ciertos cuadros. […] Sin hermanas o amigas de hermanas, sin padres libertinos, sin cuerpos de papel y con películas siempre gravemente peligrosas para los menores de dieciocho años, la historia del arte fue mi escuela erótica y el sabio J. P., involuntariamente, mi maestro de ceremonias.[7]

 

En Una educación sensorial, galardonado con el Premio de Ensayo Fondo de Cultura Económica en el año 2002, el lector recorre, de la mano de Rafael Argullol, escenarios de la historia de la pintura protagonizados por el desnudo femenino. Este libro es un ejemplo extraordinario para ver cómo la memoria y la biografía entretejen la escritura del autor.

«La narración implica, a la par, una reflexión sobre el erotismo y una auténtica historia del desnudo en la pintura, construida siempre, eso sí, desde la experiencia subjetiva» introduce el autor y continúa: «Al pasar las páginas de la Historia del Arte de piel verde ya no sentía, naturalmente, la punzante emoción de la primera travesía pero, como contrapartida, sí sentía la ternura todavía vigorosa de su eco. Figura tras figura se había tejido el ropaje de sensaciones que, en gran parte, me había envuelto en mi existencia adulta: y cuando los cuerpos dejaron de ser pinturas y fueron palpitantes y palpables, continuaron siendo, en buena medida, pinturas. Los desnudos de J. P. habían educado los desnudos de mi vida».[8]

Así se forjaron sus afinidades estéticas y hasta eróticas; las estampas de los desnudos femeninos contempladas y veneradas de La Historia del Arte de Pijoan le sirvieron, cuatro décadas más tarde, como inspiración para redactar una historia de pintura personal, protagonizada por Venus de Giorgione, Odalisca de Ingres, Olimpia de Manet, Danae de Jan Gossaert, entre otras.

Respecto al proceso de la escritura, en la segunda edición de Una educación sensorial, años más tarde, el autor señala lo que significó para él la escritura de este libro: «Junto con la libertad recuerdo, asimismo, un acentuado sentimiento de bienestar que, antes, no había percibido al escribir otros libros. Ahora tengo claro que esta percepción de goce y de gozo que me acompañaba mientras crecía el texto era el fruto de la importancia capital del asunto tratado: que la belleza femenina ocupa el centro del mundo siempre lo había sabido, pero, con Una educación sensorial, disfrutaba del placer que significaba contármelo a mí mismo y contarlo a los lectores».[9]

Se trata de una confesión estética e incluso más íntima que sus escritos novelescos de inspiración autobiográfica como: Lampedusa, 1981, inspirada en una estancia en Sicilia durante 1978;[10] El asalto del cielo, 1986, que se centra en un viaje a Guatemala en 1981; Desciende, río invisible, 1989, inspirado en un paisaje de Cabo de Gata al que Rafael había viajado muchas veces; Transeuropa, 1998, que escribe después de su primer viaje a Rusia, etcétera.

Hay un tercer momento vital que, desde mi parecer, representa un punto de inflexión en la obra de Rafael Argullol: su primera enfermedad grave y posterior operación de espalda, en 1996. Davalú o el dolor (2001) es una elaboración literaria de las grabaciones de audio (ya que no podía escribir, por la mano inhabilitada) que el escritor realizó la noche de la víspera de la intervención quirúrgica, el 6 de diciembre de 1996. El libro se centra en la experiencia de un ataque del dolor de espalda, que supuso el regreso precipitado desde un viaje a Cuba en una camilla instalada en la parte trasera de avión, y una operación inmediata con el temor de sus posibles consecuencias irreversibles además del largo periodo de progresivo regreso a la vida normal.

Justo en este período trabé amistad con Rafael y supe, de primera mano, cómo fue el proceso de convertir la experiencia de la enfermedad en un texto literario. Aunque le conocí en el año académico 1992-1993, cuando asistí al primero de sus cursos que hice aún en la Universidad de Barcelona, no fue hasta que me trasladé a hacer el doctorado en Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra (1995-1996) que empecé cierta relación personal con él, en el sentido de tomar algún café de vez en cuando para hablar de mi futura tesis, de la guerra de Yugoslavia, mi país natal, y más bien poco de él y su vida. Justo en mi primer año de la beca de formación del personal investigador de la Generalitat que obtuve avalada por Rafael Argullol a partir de enero de 1996, él tuvo este problema con la espalda y, al volver de un largo período de convalecencia, se mostró por primera vez abierto para hablar de sus problemas personales. A parte de operarse, se enfrentó a la fragilidad del propio cuerpo. Me acuerdo que además decía que es entonces cuando se dio cuenta que no existen muchos testimonios literarios o filosóficos acerca de la experiencia del dolor, y ni siquiera de la enfermedad.

Para él, escribir Davalú y relatar la experiencia del dolor —Davalú es un monstruo intruso que se instala en su cuerpo y a quien se intenta abatir con el bisturí del cirujano— significaba una catarsis, para poder pasar página y continuar con la normalidad de la vida.[11] Por suerte, la operación le fue bien pero siempre ha dicho que lo que le pasó entonces fue la primera señal que la edad le está pasando la factura. Tenía sólo cuarenta y siete años.

Tengo la sensación de estar en un pozo sin fondo, del que no veo el final: un pozo que me permite ver aspectos terribles, oscuros, difíciles de distinguir en la propia vida. Hay, es evidente, una lucidez deslumbrante, siniestra, sórdida en el dolor. Nos damos cuenta de cosas que no percibimos habitualmente. Y, sobre todo, el dolor tiene, en medio de los vicios, la virtud increíble de hacer sentir, con una agudez extraordinaria, el cuerpo.[12]

 

Rafael tuvo una relación aún más conflictiva con el propio cuerpo en enero de 2000, cuando un leve infarto de miocardio se le declaró de manera totalmente inesperada. En ese momento nuestra relación de amistad era profunda, y se profundizó aún más justo en el período de esta segunda larga convalecencia.

Aunque estos episodios de enfermedades que irrumpieron tan drásticamente en su vida fueron recogidos literariamente en su obra, Rafael siempre ha transmitido que considera que cualquier experiencia vital fuerte necesita tiempo para poder ser elaborada por la literatura. Este principio creativo defendía en su poética, pero también a un nivel universal. Concebir la escritura —y en general cualquier buen trabajo intelectual— como un ejercicio que une la experiencia con el experimento es algo que le he escuchado repetir de modo literal muchas veces.

 

  1. DEL PREMIO NADAL, A CUADERNOS DE TRAVESÍA Y VISIÓN DESDE EL FONDO DEL MAR

El Premio Nadal para La razón del mal (1993) coincidió con el momento en el que conocí al escritor, para mí, entonces, profesor de una asignatura titulada Arte y Tragedia ofrecida como optativa en un curso de doctorado en la facultad de Filología de la Universidad de Barcelona.

Así me di cuenta, que este profesor enormemente inspirador y sabio, es además un escritor y pensador conocido en España, un país al que yo había llegado algo más de un año antes. En enero de 1993, cuando se falló el Premio Nadal, su cara sonreía en las páginas diversas de todos los diarios españoles.

En el mismo período había salido otro libro que Argullol escribió a cuatro manos, en forma de diálogo con Eugenio Trías: El cansancio de Occidente (Destino, 1993). Aquí los dos filósofos y amigos ofrecen un análisis crítico de la sociedad europea occidental de aquellos años. Y aunque tanto La razón del mal como El cansancio de Occidente expresan, de modo novelesco o filosófico, una radiografía de la sociedad cuyo contexto inquietaba a la vez que inspiraba al escritor, no consideraría estos libros como directamente autobiográficos. «Creo que el auténtico protagonista del libro es el espíritu de la ciudad, una ciudad innominada que podría ser Barcelona y a la que defino en algún momento en términos fisiológicos, hablando de sus calles como arterias» expresó Argullol al recibir el premio por La razón del mal.[13]

Considero que la obra que empieza a escribir, o más bien publicar a partir de entonces, empezando por El cazador de instantes. Cuaderno de travesía 1990-1995, adquiere una dimensión más autobiográfica que sus textos anteriores. Justamente este libro de «aforismos» —una calificación con la que Argullol nunca se ha identificado de todo—, que sigue con El puente de fuego. Cuaderno de travesía, 1996-2002, representa una continuidad literaria que no cesará hasta el momento actual. Es donde se situarían sobre todo los libros que el autor califica de «escritura transversal».[14]

Por un lado, están los textos fechados concretamente de un modo u otro; por otro, los ensayos donde Argullol se concentra en uno o más temas relevantes para su formación vital e intelectual, para construir una narración alrededor. Aparte de dos cuadernos de travesía citados, que abordan doce años de vida del escritor, aquí se incluirían: Enciclopedia del crepúsculo (Acantilado, 2005), una selección de ensayos elaborada para representar su autobiografía intelectual,[15] Breviario de la aurora (Acantilado, 2006), definiciones lapidarias acerca de ideas y sentimientos, y finalmente Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010), el libro que culmina su escritura transversal de índole autobiográfico.

Antes de sumergirse en el universo de este libro de libros que es Visión, desearía señalar cómo el escritor va aproximándose a su gran texto, como también hacer alguna observación acerca de lo que precede y lo que sucede este experimento literario, ya que presencié en directo a lo largo del tiempo el esfuerzo mental y físico que supuso, aparte de la madurez literaria y vital que aquí alcanza, según sus propias palabras. Y como no, del talento que justo este texto revela como el talento de un genio literario.

Si Rafael tuviera que escoger otra voz que la suya interior que anunció el comienzo de esta travesía, no sería del profetismo divino («Dios-espectador ausente»), sino el de «la sirena de un barco en medio de la noche»; «la voz grave que viene del mar»: «Siento que recibo un aviso sobre mi vida. Vas bien, vas mal, adelante, rectifica. Intento seguir el consejo porque la sirena de un barco en medio de la noche siempre tiene razón».[16]

Rafael nunca ha escrito lo que llamaríamos un diario personal. Cuando viaja escribe anotaciones en pequeños cuadernos (algo que en realidad siempre lleva en su bolsillo), que más tarde le sirven para refrescar la memoria a la hora de escribir libros.

«He llenado cuadernos de todo tipo con notas fragmentarias y crípticas para los demás y a menudo para mí mismo […]. La pereza y aun en mayor medida la convicción de que un viajero debe de retener con la mirada y la memoria más que con el papel me han mantenido alejado de la tentación de escribir un diario regular».[17]

Por otro lado, la profundidad literaria de sus ensayos, poemas, libros diversos e incluso novelas no suponen ningún hermetismo, del que Rafael siempre se ha confesado muy reacio;[18] su escritura es sincera. Además, creo que en su literatura se encuentran relatos claros e íntimos que Rafael no contaría en privado, o al menos no del modo que lo moldea su capacidad literaria. Tal como explica Zorica Becanovic en su artículo sobre Visión desde el fondo del mar: «Es como si el autor se desafiara a sí mismo para comunicar lo inefable: sabiendo que es casi imposible resumir la experiencia de una vida, todavía quiere darle forma por medios literarios. Lo hace combinando los elementos de varios géneros literarios. Predomina el diario de viaje, porque es un hombre que ha viajado mucho, muchas de sus experiencias, obviamente, están relacionadas con los viajes, encuentros, conocimientos adquiridos en países extranjeros».[19]

¿Cómo se han ido trasladando las experiencias de una gran cantidad de viajes realizados por el mundo entero en sus libros? En las páginas de esta revista hace años publiqué un artículo-entrevista centrado en este tema («Rafael Argullol: literatura y viaje»), que aquí me limitaré a ilustrar con un ejemplo. [20]

Se trata de un viaje que él recuerda con particular interés, en el sentido del «trasvase de civilizaciones»: una estancia en la India y, sobre todo, veinte días que pasó en Benarés, donde residió para completar un libro a cuatro manos, con el pandit Vidya Nivas Mishra. Cuando llegó a la casa del sabio hindú, con el ánimo de ponerse a trabajar, Rafael se quedó sorprendido de que su interlocutor necesitara una semana para establecer vínculos de amistad y poder empezar a dialogar. Las fotos que sacó en este viaje con su cámara son un tesoro que Rafael me enseñó nada más regresar. En su libro de libros, éstas y otras fotografías que guardaba de todos sus viajes fueron un material de archivo muy rico a la hora de recrear diversos momentos de la experiencia del viaje, como, por ejemplo, la estancia en Benarés.[21]

Este viaje a la India tuvo como resultado el libro Del Ganges al Mediterráneo. Un diálogo entre las culturas de India y Europa; de esta experiencia el escritor rememora algunos momentos estelares otra vez en la Visión, como cuando en un espacio de pocos metros cuadrados vislumbra el universo entero en las escenas que presencia en Benarés: [22]

Todo sucedía en no más de cincuenta metros cuadrados. Entre los altos escalones del muelle una perra esquelética amamantaba a sus cachorros. A su lado, indiferente, una niña recogía excrementos de vaca que depositaba cuidadosamente en una cesta. Una pareja de enamorados, en lo alto de la escalinata, contemplaba soñadoramente el río. Junto a ellos, un barbero enjabonaba con gran parsimonia a su cliente y a pocos pasos, medio oculto por el gran linga de piedra, un anciano de blanquísimos cabellos defecaba en cuclillas. Cerca del estanque seco y lleno de musgo, un grupo de niños observaba silenciosamente la cópula de un par de mendigos […] Y al pie del ghat, en la pendiente que desciende hacia el río, tres cadáveres quemaban.[23]

 

En relación al tema del viaje y la escritura, Argullol mismo confesó en la citada entrevista que «el viaje más decisivo y el más interesante que había hecho es la escritura del libro Visión desde el fondo del mar»:

Considero que la propia experiencia de la escritura del libro fue un viaje. La estructura del libro, en cierto modo, está concebida como una travesía; una travesía no lineal, sino más bien en espiral. Al mismo tiempo, lo que podríamos llamar la sustancia del libro, es también un viaje. Un viaje a través de la memoria en doble dirección: por un lado desde el presente al pasado, en busca de una materia prima oscura, y por otro lado, desde el pasado al presente, en la forma de lo que habitualmente llamamos recuerdos.[24]

 

Sí, es en Visión desde el fondo del mar donde se declara y resume su manera de escribir, aparte de descubrir al lector su manera de vivir, y de ver y sentir el mundo. «Él ve la escritura de este libro como un viaje, una navegación en el tiempo, en dos direcciones: del presente al pasado, durante la búsqueda de lo que yace en la oscuridad del secreto, y del pasado al presente —cuando reaviva sus recuerdos—».[25] Cabe añadir lo que el escritor propondría como su epitafio: «Pediría uno muy corto, compuesto por sólo dos palabras «¡Viajó!».[26]

Así, todos los caminos referentes al tema del aspecto autobiográfico y memorístico de la obra de Rafael Argullol culminan en el volumen de mil doscientas páginas que componen la Visión, y la segunda parte de este artículo se propone hablar del proceso de su escritura, de su amplia temática y de algunas vivencias compartidas con el escritor que se convirtieron en el contenido del libro. El primer capítulo: «Saliva», verifica su voluntad de desarticular la pregunta «¿quién soy yo?» hasta el más mínimo detalle. De modo algo irónico, el escritor explica como en la búsqueda de su génesis mandó dos gotas de saliva a un laboratorio de Reykjavík, para descodificar su ADN. Este episodio también nos sitúa: Argullol cree que la existencia humana va más allá de lo biológico y las leyes científicas. Luego dirá su definición preferida respecto a qué es el ser humano: miedo más esperanza. Como también que la vida se rige —la suya y la nuestra— esencialmente por el amor, la fe y el azar.

Hablando de su estilo literario, hay que prestar atención a una minuciosa búsqueda de la expresión adecuada, que corresponde a sus afinidades vitales y estéticas y se presenta a veces como una obsesión —y otras como una maldición—, según el escritor confiesa, incluso con el título que da a uno de sus libros: Maldita perfección.[27] Con este título, Rafael Argullol además da nombre a una característica importante de su personalidad: la de ser perfeccionista. Consciente del lado negativo de este rasgo de su carácter creo que, asimismo, ha entendido siempre que sin esto no hubiera desarrollado la labor literaria que ha dejado atrás, aunque en su vida hubiera sufrido menos.

Debo de añadir acerca de su modo de trabajar lo que sí creo puedo testificar: Rafael no escribe de paso, ni en momentos de ocio o tiempo libre. La escritura es su vida, alrededor de lo que se teje todo lo demás. Creo que esto no es sólo ahora así, cuando ya es un autor reconocido, sino que fue así desde que publicó su primer libro y que, por supuesto, continuará siéndolo.

Siempre le vi escribir a mano, normalmente sentado en su cama, con las piernas dobladas y con una gran carpeta de piel, dura por dentro, depositada en sus rodillas.[28] En esta carpeta Rafael depositaba las hojas en blanco, unos cinco o siete folios, y empezaba a escribir, con un fino rotulador de tinta negra o azul oscuro. Así se gestaron casi dos mil folios de la Visión.[29] Concentrado y ensimismado pasaba al menos dos o tres horas sin levantarse, sin tocar el teléfono, sin hablar con nadie, sumergido en su universo literario. Con el tiempo, comprendí y respeté su necesidad de aislarse de todo mientras escribía.

Rafael escribe fluido, sin tachar siquiera. Cambiar una palabra por otra o eliminar una frase subrayada es lo máximo que le vi realizar una vez acabado el texto y en el proceso de su corrección. Como escribe a mano sus textos, luego alguien de confianza, al que el escritor contrata, pasa sus textos al ordenador. Antes de entregar partes del manuscrito para su transcripción, el escritor realiza una fotocopia de los folios que va a entregar, para asegurarse que nada se pueda perder.

La transcripción del texto de Visión sobre el fondo del mar la ejerció un doctorando y becario en la facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), Camilo Hoyos. En un artículo que publicó posteriormente, Camilo explica muchos detalles relevantes también para el tema de este artículo, como por ejemplo: «La escritura a mano no debe ser entendida únicamente como la constante develación de la obra literaria, sino también como una larga meditación en torno a lo que se escribe. Esto, como es de esperar, condiciona la relación que se establece con el texto y con el proceso mismo de escritura, y se demuestra en las distintas caligrafías que dos mil páginas de escritura contienen».[30]

 

III. VISIÓN DESDE EL FONDO DE MAR

Sigue el rumbo que has elegido, no aquel al que te arrastran el viento y las circunstancias, independientemente de los prejuicios o beneficios que te proporcione; haz aquello que debes hacer, con la convicción que mi canto es el testimonio de otros hombres que hicieron lo que tenían que hacer y el anuncio de los hombres venideros que, pese a todos los obstáculos, cumplirán con lo que creen es su deber para con los instantes que les han correspondido en la Tierra.[31]

 

He seleccionado estas líneas, de entre más de cuarenta mil que componen Visión desde el fondo del mar, porque creo que reúnen lo que significa este libro para Rafael y qué fuerza, más allá del enorme trabajo y talento que están detrás, guiaba su mano a la hora de redactarlo: cumplir con su misión. No exagero al afirmarlo; él mismo lo expresó varias veces, una vez acabado, publicado y comprendido el texto. Acerca de la dimensión autobiográfica de su libro de libros, basta con citar una frase: «Para vernos, debemos vernos desde el fondo del mar».[32]

Asistí al experimento literario de esta obra magna del escritor. Al periodo de la preparación para escribirlo, a los siete años que supuso la creación literaria de este texto (2003-2010), y a la relación posterior que Rafael desarrolló con el libro, una vez escrito, editado y recibido por la crítica y los lectores.

Sin duda, Visión es el libro considerado como la culminación de toda su obra, en primer lugar por el escritor mismo. «Finalmente he sentido que he alcanzado la máxima soltura al escribir», le escuché decir más de una vez, hablando de cómo sentía la propia escritura, al redactar a mano a lo largo de casi siete años los dos mil folios que comprende el manuscrito original.[33] Creo que, en realidad, quería comunicar que finalmente sentía un dominio absoluto sobre el lenguaje y las palabras, como también el equilibrio óptimo que las palabras escritas expresan respecto al contenido y la forma de estas páginas.

En su voluntad de lo que podríamos denominar «la escritura total», lo autobiográfico y lo memorístico representan la base de todo. A la vez, es su libro más difícil de clasificar en el tema del género literario; su transversalidad indiscutible corresponde a lo que actualmente se denomina autoficción literaria: «La palabra ficción proviene del verbo latino fingo (inf. fingere), crear una forma; así, la ficción, como resultado de esta creación, en la creatividad literaria e incluso en los escritos autobiográficos, no puede separarse de la actividad imaginativa del autor. Así como las novelas y los dramas históricos son variaciones imaginativas basadas en hechos reales tomados de textos historiográficos, la escritura autobiográfica es, en la mayoría de los casos, una variación imaginativa, una autoficción, y cuanto más se experimenta con la forma, tanto más son importantes los elementos ficticios.[34]

La idea del libro nació el día de la muerte de su padre, el 25 de marzo de 1999. Las manos que Rafael reconoce en el cuerpo sin vida de su padre, ya que son iguales que sus propias manos, le piden continuidad; así se le presenta el concepto de una obra nueva, diferente.

Pero fue en el transcurso del viaje que compartimos, en agosto de 2004, en el tren transiberiano desde Pekín a Moscú, que esta idea se articuló de manera más clara, aunque el plan inicial cambió múltiples veces. Sin embargo, una cosa no cambiaba nunca respecto a este proyecto: su voluntad, conciencia y preparación para escribir algo diferente, grande, como si fuera aquello para lo que había realizado todos sus esfuerzos anteriores como escritor. Además, lo articulaba así, sobre todo cuando ya había avanzado con la escritura y se sentía satisfecho del resultado. Pero el círculo se cumplió sólo cuando una vez completado el texto, la portada del barco sumergido debajo del agua apareció en las librerías,[35] cuando fue aplaudido con euforia por la crítica y los lectores casi de modo unánime y cuando ya las primeras impresiones lo elevaban al estatus de un consuelo literario que recorre el complejo siglo xx y sus escenarios, a la vez que habla de la vida, y la celebración de esta vida nuestra, con todas sus contradicciones, que Visión asimismo ampliamente recoge. «Confrontado con su modelo bíblico, el texto de Argullol podría quedar registrado como libro sapiencial» (Eugenio Trías); «Para esta composición, ya considerada canónica por los expertos, el autor fija su ancla en una versión de Europa» (Josep Maria Cortés); «Un libro de llegadas y presencias que brindan al hombre sensitivo ocasión para modelar una serena cantidad de pensamiento y poesía. Afortunadamente el mundo es susceptible y digno de ser escrito» (Fernando Aramburu). [36]

Todo ello supuso una gran alegría para Rafael, a le vez que un alivio. Él se sentía de todo satisfecho con el resultado de su enorme esfuerzo y la creatividad literaria aquí alcanzada, pero le producía temor la incertidumbre de si esta obra, una vez lanzada al mundo, iba a ser recibida y comprendida del mismo modo. Hablábamos mucho de ello, porque eran días y semanas que Rafael sentía particular inquietud al respecto, además de cierto pesimismo. Era lógico, por el enorme volumen de trabajo, temática y vida del propio escritor que están detrás de las páginas de Visión. Por suerte, las primeras reacciones positivas no tardaron en llegar. Y muy pronto empezaron a llover buenas palabras de todo tipo de lectores, además de agradecimientos, aplausos y, en una palabra, admiración ante una obra literaria de tal calibre. Otro de los valores que enseguida fue reconocido y destacado por la crítica y los lectores es, a parte de su excelencia literaria, que el texto comparte la riqueza de la vida de un hombre excepcional que ha sabido transponer su rica experiencia a un contexto de interés universal y hacernos partícipe.

Podíamos brindar, tal como profetiza el último párrafo de la Visión:

Después de todo, algo sí he aprendido y estoy contento. Recogerás los frutos. Tendrás tu merecido. Así ha de ser. Acéptalo y basta. No hay más. Pero es mucho.

Y ahora, brindemos. (p. 1212)

 

  1. TIEMPOS

El tiempo presente y el tiempo pasado

Acaso estén presentes en el tiempo futuro

Y tal vez al futuro lo contenga el pasado.

Si todo tiempo es un presente eterno

Todo tiempo es irredimible.

  1. S. Eliot, Cuatro cuartetos

 

Todo el texto de Visión está escrito en presente, aunque suceda en 1954, 1968 o en 2009; el escritor retrocede y avanza en el tiempo de manera libre y no cronológica, sino circular. El círculo es suyo, y luego será nuestro. «El tiempo del cuerpo nos arrastra incesantemente hacia el futuro […]. En cambio, el tiempo del espíritu nos empuja hacia el origen», escribe.[37]

Rafael identifica fechas, acontecimientos, lugares y protagonistas, pero por supuesto en muchos casos cambia los nombres y detalles diversos, a veces incluso la cronología, siempre en el límite de las leyes de la verosimilitud aristotélica. El tiempo pasado, el tiempo presente, el tiempo futuro están interconectados en su escritura, donde los espectros de la gente próxima y estimada siguen a su lado. El padre («Interludio sobre el segundo nacimiento»), la madre («Madre e hijo», entre otros), la tía Josefina y, sobre todo, los amigos que resucitan en muchas anécdotas ponen en relación diversos registros temporales.

En este contexto, el libro entreteje una apología a la amistad; despedirse de los amigos ya ausentes, recrear recuerdos de los momentos estelares pasados conjuntamente, siempre en el tono del libro, que cuenta anécdotas para que este algo personal nos lleve a un viaje, a unas emociones, a unas reflexiones universalmente comprensibles. «¿De cuántas despedidas está construida nuestra vida?», se pregunta el escritor y responde: «El gran aprendizaje de la muerte se produce cuando empezamos a caminar por el puente que une esta ausencia con la presencia: el puente de las despedidas».[38]

Fue admirable a este respecto leer sobre amigos ausentes de los que Rafael me había hablado muchas veces y ver cómo ha sabido transponer en literatura tantas despedidas por las muertes prematuras o por destinos adversos; todos ellos vuelven a la vida en su texto e iluminan, con su fatum trágico, el sentido contradictorio de la existencia humana. Me emocionó asimismo ver cómo Rafael rememora en este libro la muerte de mi propio hermano, fallecido en 2004 de un cáncer fulminante a la edad de cuarenta y tres años: «No sé qué se siente al ver morir a un hermano joven y robusto […], a un hombre afectuoso y jovial al que amabas, a un agonizante que buscaba esperanzas de última hora, a un moribundo al que le faltaban cuarenta años para morir».[39]

Infancia, adolescencia, juventud,[40] y a partir de ahí todo lo que sigue hasta el momento de la escritura, la primera década del siglo xxi, con cierta proyección hacia el futuro —en este marco temporal narrado, el pasado es marcado por la vida en un país católico y franquista, que ejercía su papel inquisitorial—. En este contexto la escritura de Rafael casi nunca se olvida de hacer cierto ajuste de cuentas con esa realidad, que a una persona con tal voluntad de libertad como él, asfixiaba. Su escritura se abre como una de las vías de escape esenciales.

Pero no son sólo cárceles imaginarias a los que remite el escritor,[41] sino a sus estancias reales en la Modelo o en la comisaría de la calle Layetana de Barcelona, donde en total pasó casi un año por su actividad antifranquista entre sus diecisiete y diecinueve años de edad. Hay una sucesión inverosímil de hechos y tiempos, en una especie de lucha por emanciparse de las ataduras, aunque éstas formen parte del pasado. En este contexto, este libro se erige como una encarnación de que «la libertad es más poderosa que la fuerza».[42]

 

  1. TOPOGRAFÍAS

Casa Antigua, Casa Nueva, Casa Genovesa; fortaleza de Palmira, puentes de Novi Sad, la Tumba de Maó, la capilla Rothko de Houston, el Paraninfo de la Universidad de Barcelona el 20 de enero de 1969, primera galería, segunda galería, tercera galería; Brasil, Camboya, Tanzania, Egipto, Italia, Siria, India, Filipinas, Estados Unidos, Salvador; Sarajevo, Moscú, Pekín, Houston, París, Roma, Los Ángeles, Beirut… Barcelona, mucha Barcelona; también Vilanova de la Geltrú y Ribes Roges —una enorme cantidad de lugares relacionados con la vida o la mitología propia, aparte de los sitios donde habían acontecido cosas, revoluciones o desastres históricos, o parajes solitarios que se relacionan con Rilke o con John Keats—, todos estos lugares (y muchos más) componen los itinerarios a los que nos invita Rafael Argullol con este libro afirmado, por otro lado, su nomadismo intelectual: «Todos los países que he visitado, todas las ciudades en las que he vivido eran las ánimas que mi alma exigía incorporar para llegar a ese punto de entereza en el que la hojarasca coincide con el pensamiento». [43]

Cuando el manuscrito ya estaba editado, un sábado por la mañana fuimos a fotografiar los lugares de Barcelona con los que el texto del libro se relaciona de manera directa o indirecta: la cárcel Modelo y la comisaría de la calle Layetana, el estanque de tabaco en la esquina de Diputación con Rambla de Catalunya de Barcelona, la Escola Pía de la calle Balmes (donde Rafael cursó primaria y secundaria), la iglesia Sant Josep de Muntanya (con ex-votos), etcétera. Previamente, también buscamos otros escenarios del libro que están a las afueras, como Ribes Roges (en Vilanova i la Geltrú, donde su familia tenía una casa al lado del mar y donde pasó muchos veranos de su vida), Hostalets de Balanyà, el lugar donde de escolar iba a hacer ejercicios espirituales y muchos otros.[44] Serbia, Grecia, Pedrinyà, Barcelona, numerosos son los escenarios de los viajes compartidos que inspiran las páginas del libro, pero destacaría «El tren», donde narra nuestra travesía transiberiana, desde Pekín a Moscú, en agosto del año 2004, y donde yo aparezco bajo el pseudónimo de Rusalka.

 

  1. CONOCIMIENTOS

«Opté por el “yo” que se busca a sí mismo, que busca conocerse a sí mismo, y por aplicar un criterio contrario al de Narciso […]. Dicho en términos de conocimiento: Narciso quiere conocerse a sí mismo a través de sí mismo. El que mira desde el fondo quiere conocerse a través de los otros y de lo otro».[45]

Son las palabras de Argullol a propósito del título final de su libro,[46] que él mismo amplía: «Tú sabes que Narciso se mira en la superficie del agua y empieza a obsesionarse tanto con su imagen que llega un momento en que su tendencia es autodestructiva: no logra escapar al solipsismo de la mirada, del círculo vicioso. De allí salió la idea del fondo del mar. Era mirar la superficie del agua, pero en vez de situarme arriba, como lo hizo Narciso, mi idea era situarme abajo, con lo cual no ves reflejada tu imagen: ves algo que al principio es muy turbulento y luego se aclara».[47]

Visión declara este propósito ya en el primer capítulo, donde el narrador confiesa haber enviado su saliva para ser descodificado genéticamente. Esta coquetería del escritor, que suele tener a la vez admiración y animadversión hacia el progreso de las ciencias naturales, busca indagar en sus orígenes ancestrales. La genética y la estadística, por un lado, y los mitos y el espíritu, por otro, de nuevo remiten al interrogante: ¿quién soy yo? Es lo que abre el texto, invitando al lector interesado a formular esta misma pregunta en su interior y a navegar junto con el escritor en búsqueda de posibles respuestas.

Y no existe la respuesta ya que, tal y como señala de nuevo Rafael, hay que remitirse a la multiplicidad de identidades. Aquí se situaría muy cerca de Spinoza, uno de sus filósofos preferidos: conocerse y reconocer la propia complejidad es la condición esencial para aprender a nadar en el mar de nuestra existencia con honestidad y placer. «¡Qué gran error aprender a decir “yo” y ya creer que sabemos quién somos!»,[48] exclama en el texto. Y escribe Visión también como el ejercicio vital de quien camina por el laberinto y se encuentra con múltiples espejos antes de salir. Lo confiesa en el magnífico capítulo «Masquerade», casi al final del libro, donde evoca sus múltiples rostros que ha visto reflejados.

«He hecho de […] Aquiles, el rey Arturo, el capitán Ahab, Segismundo, Werther, Casanova, Pangloss, Orfeo, Empédocles, Prometeo, Io, Penteo, Gregorio Samsa, Hans Castorp, Adán, Caín, don Quijote, Pantagruel, Orestes, Minotauro, Esfinge, Pechorin, Calígula, Lear, Lord Jim, Hamlet, Dorian Gray, Joseph K., Woland, Fausto, don Juan, Humbert Humbert, príncipe Mishkin, Zarathustra, Fedra, Antígona, Filoctetes, Iván Karamazov…».[49]

Si yo tuviera que escoger entre todos estos referentes del escritor, diría que Rafael ha hecho más de Ulises que de otros personajes literarios aquí citados. Aunque siempre ha cuestionado si su héroe predilecto realmente quería volver a Ítaca.[50]

La coherencia vital que persigue en su literatura no le contiene a la hora de confesar que ha sido hombre de múltiples máscaras y acude a la literatura para hablar de sus diversas identidades. Y dónde está la frontera entre la ficción o no ficción en la Visión, diría que en este libro es el lector —cada lector— el que tiene que decidir.

 

VII. ANTES DEL PUNTO FINAL

Concededme unos minutos más para daros una última explicación […]. Gracias a nuestra sed de explicación hemos construido bellezas y hemos asesinado. […] Esto, ante un tribunal que me juzgara, me permitiría defenderme:

—Señores jueces, he pintado, o escrito, mi autorretrato de acuerdo con la técnica de rompecabezas […] Uno deja desmembrarse, trocearse, por la memoria.[51]

 

Para mí, este libro significaba completar mi propia visión de Rafael, intentar entender la compleja personalidad de un hombre que llevaba ya ocho años conociendo desde muy cerca. Debo de reconocer que Visión también cumplió este propósito. Personalmente lloré tanto al abrir la primera página, y ver que me lo había dedicado («A la que tiene los ojos del color de la miel»), como al concluir la lectura, y cerrarlo, con cierta tristeza, por haberse acabado esta aventura lectora de mil doscientas doce páginas.

Visión desde el fondo del mar recoge la historia del siglo xx a través de un espléndido ejercicio minucioso de narración y exploración, que va desde el yo al mundo y desde el mundo al interior de sí mismo; de total sinceridad literaria y personal, su escritura vuelve a vislumbrarse como el agua cristalina del mar que uno —aquí Rafael Argullol mismo— ve si mira desde el fondo marino hacia la superficie, cuando atraviesan los rayos del sol. Su escritura son estos rayos que atraviesan aquí la existencia humana. La suya, y la nuestra. Además, al final nos recuerda: «El mar es un buen confidente: escucha sin exigir explicaciones, agota sin crueldad, absuelve por amor».[52] A la vez que reconoce que ha «escrito este autorretrato para liberarse de los malditos intermediarios».[53]

En este maravilloso ejercicio de conocer y autoconocerse a través de un libro único, Visión ofrece al lector un universo entero, a mano de un hombre excepcional y del talento literario que aún tiene pendiente ser reconocido en toda su excelencia.

 

[1] Zorica Bečanović-Nikolić, «L’identité narrative dans Visión desde el fondo del mar de Rafael Argullol», en: Penser l’autofiction, perspectives comparatistes, [Sous la direction de Adrijana Marčetić, Isabelle Grell, Dunja Dušanić], Universidad de Belgrado, 2014, pp. 146-147.

[2] Alegorías que Argullol utiliza en el texto cuando habla de estados emocionales cambiantes.

[3]«Oriol Alonso Cano, Archipiélago. Retrato polifónico de Rafael Argullol», Subuselo, 2015, pag. 214.

[4] Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar, Acantilado, 2010, p. 1115.

[5] Entrevista con Carlos García Gual, Diálogos de la Fundación March, <https://www.youtube.com/watch?v=YQE5J_N54Zw>, minuto 07:45.

[6] Ibid., minuto 11:30.

[7] Rafael Argullol, Una educación sensorial. Una historia personal del desnudo femenino a través de la historia de la pintura, Acantilado, 2012, pp. 11 y 12.

[8] Ibid., p. 7; p. 12

[9] Ibid., p. 8.

[10] Escribió una primera versión en italiano enseguida después de su viaje a Lampedusa (1981) que nunca publicó, pero que cinco años más tarde le sirvió de base para su primera novela.

[11] Cabe señalar que inmediatamente después de Davalú, donde relata la experiencia del dolor, escribe Una educación sensorial, centrado en la experiencia de placer, como un antídoto frente al primer libro.

[12] Rafael Argullol, Davalú o el dolor, RBA, 2001, p. 11.

[13] Xavier Moret, «Mi novela subraya el peligro de lo irracional», El País, 08/01/1993; <https://elpais.com/diario/1993/01/08/cultura/726447601_850215.html>.

[14] Argullol utilizó el adjetivo «transversal» mucho antes de que este término se pusiera de moda en la crítica literaria. Su motivación principal era defender el principio de la libertad también en su escritura, rehuyendo de la obligación de encasillarse en las reglas de un solo género literario.

[15] Este libro publicado en 2005 reúne una selección de ensayos escritos a lo largo de veinticinco años anteriores.

[16] Visión…, p. 815.

[17] Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar, Acantilado, 2010, p. 61.

[18] «Soy enemigo de lo que Walter Benjamin llamaba “el lenguaje de los rufianes”», suele decir.

[19] Bečanović-Nikolić , «L’identité narrative…», p. 149.

[20] Djermanovic, Tamara, «Rafael Argullol: literatura y viaje», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 756, 2013, pp. 7-20. <https://issuu.com/publicacionesaecid/docs/ch_777_digital_c_marzo_2015>.

[21] A este respecto es importante señalar la existencia de una web completa <http://www.visiondesdeelfondodelmar.com>, que incluye muchas de estas fotografías, como también diverso material gráfico y de archivo, aparte de fragmentos del texto del libro. Fue técnicamente elaborada unos meses antes de la publicación del propio libro por la misma editorial Acantilado, ideada y asesorada siempre por el escritor.

[22] Rafael Argullol y Vidia Nivas Mishra, Del Ganges al Mediterráneo, un diálogo entre la culturas de India y Europa, edición de Óscar Pujol Riembau, Siruela, 2004.

[23] Visión…, pp. 208-209.

[24] Ibid., p. 8.

[25] Bečanović-Nikolić, «L’identité narrative…», p. 149.

[26] Visión…, p. 707.

[27] Las intenciones de Argullol con este libro, subtitulado Escritos sobre el sacrificio y la celebración y de la belleza, se resumen así en su contraportada: «Preocupado desde siempre por las relaciones entre el hombre y la indagación artística en cualquiera de sus disciplinas como una vía hacia el conocimiento, nos propone esta vez un viaje a través de veintidós estaciones, en las que nos encontraremos, entre otros personajes y lugares, a Miguel Ángel, Honoré de Balzac, Goethe, Lucrecio, Dante, Thomas Mann, Victor Hugo, Montaigne, Shakespeare, Durero, Picasso, Nietzsche, Rilke, Dostoievski, Mantegna, la Cappella Sansevero, la nave Soyuz, la piedra del escultor, lo espectral, las montañas o el silencio»; Acantilado, 2013.

[28] Escribe a mano y el ordenador utiliza sólo para escribir correos o consultar en internet.

[29] A partir del 1996, cuando se operó la espalda, Rafael Argullol dejó de escribir sentado en el escritorio.

[30] Camilo Hoyos, «El viaje caligráfico de Rafael Argullol», por primera vez publicado en la revista El Malpensante, en su número 121, julio de 2011, y cuya versión electrónica se puede leer en este blog: <https://blogs.elespectador.com/cultura/mirabilia/el-viaje-caligrafico-de-rafael-argullol>.

[31] Visión…, p. 556.

[32] Visión…, p. 743.

[33] De las dos mil páginas del manuscrito, quedaron unas mil doscientas en el proceso de la corrección final, que en la versión impresa son mil doscientas doce páginas exactamente.

[34] Bečanović-Nikolić, «L’identité narrative…», p. 147.

[35] La foto del barco sumergido que sale en la portada la hice yo en el puerto de Symi, en agosto de 2003, cuando pasamos veinte días en esta isla griega.

[36] Véase: <http://www.acantilado.es/catalogo/vision-desde-el-fondo-del-mar/>

[37] Visión…, pp. 866-867.

[38] Ibid…, p. 1007.

[39] Ibid…, p. 891.

[40] A estos tres títulos literarios de L. N. Tolstói se asemeja el marco temporal de la Visión.

[41] Cuando vuelve a la Modelo, en la primera década del siglo xxi, recuerda los grabados de Piranesi y sus Cárceles imaginarias.

[42] Visión…, p. 125.

[43] Ibid., p. 873

[44] Visión incluye una especie de breve novela titulada «La noche transfigurada» que Rafael escribió mucho tiempo antes, cando tenía algo más de veinte años, y que introdujo en su gran libro, editándolo para la ocasión.

[45] Rafael Argullol en: Camilo Hoyos, «El viaje caligráfico…», <https://blogs.elespectador.com/cultura/mirabilia/el-viaje-caligrafico-de-rafael-argullol>

[46] Antes de decidir titularlo Visión desde el fondo del mar, había barajado como posibles títulos Los retornos y Autorretrato desde el fondo del mar.

[47] Ibidem.

[48] Visión…, p. 105.

[49] Visión…, pp. 1115-1146. Los nombres que se citan van apareciendo en las páginas de este capítulo, y aquí las juntamos seguidas.

[50] Visitamos juntos la isla de Ítaca, buscando algunos rastros de Ulises, en agosto de 2007.

[51] Visión…, p. 1197.

[52] Ibid., p. 1209: p. 1147.

[53] Ibid., p. 1205. Rafael en este último capítulo recuerda cómo en la edad de nueve años entendió el siniestro papel de intermediarios en la subasta de pescado en Ribes Roges; pp. 1200-1201.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]