No obstante, incluso utilizado de buena fe, el «megáfono» puede tener efectos peligrosos o letales. La necesidad de una masculinidad compensatoria, el narcisismo exhibicionista y la ceguera ideológica transformaron a los intelectuales en testigos poco creíbles y, a veces, en verdaderos deformadores de los acontecimientos. Lo escribió entonces, casi inadvertido, Orwell en Homage to Catalonia, que no es sólo una de las crónicas más lúcidas del conflicto, sino también una de las acusaciones más duras contra los engaños y la tergiversación de los estetas armados. He aquí las líneas dedicadas al italiano garibaldino, arquetipo humano del auténtico combatiente, que Orwell contrapone a muchos de sus «colegas», que intentan «tomárselo en serio»:

 

«Lo que caracteriza a nuestro tiempo es el abandono de la idea de que la historia pueda escribirse fielmente […]. El rostro de aquel hombre, que me crucé durante apenas un par de minutos, permanece para mí como una especie de recuerdo visual de lo que en realidad representaba la guerra. A pesar de la política del poder y de las patrañas periodísticas, el punto central de la guerra fue la tentativa emprendida por gente como él de conquistar aquella vida decente a la que tenía derecho».[i]

 

Por supuesto, aquí no se pretenden –ni lo pretende Orwell­– magnificar las virtudes del hombre «simple», en contraposición con las del hombre que «piensa» y que «escribe». Esto hay que decirlo naturalmente sin menospreciar, una vez más, las motivaciones ideales de quienes fueron a España para salvar o derrocar al gobierno de la República, conseguir el triunfo del fascismo, preparar una revolución bolchevique o construir una democracia moderna.

Tomemos el caso de Alfred Kantorowicz, un exiliado del nazismo que después de la Segunda Guerra Mundial se estableció primero en la Alemania Oriental y luego en la República Federal, decepcionado por el Este y el Oeste. En una hermosa página, recuerda a su compañero Zeisser, elegante escritor centroeuropeo que en España se convirtió en el inflexible general Gómez, un hombre de letras que logró convertirse en hombre de acción y en combatiente «de verdad». No obstante, cuando Zeisser tuvo noticia de las purgas llevadas a cabo en la retaguardia por los emisarios de Stalin, su fe flaqueó hasta el punto de inducirlo a desear la muerte en el campo de batalla. Si bien al comienzo de la guerra, frente al desequilibrio entre las fuerzas en combate, Zeisser-Gómez exclamaba: «¿Es posible ganar así?»; ahora se limitaba a preguntarse: «¿Es lícito ganar así?».[ii] De igual modo, veremos a uno de los poetas que vivieron la experiencia desde la más rígida ortodoxia de partido, el comunista Pablo Neruda, arremeter contra «los dandis amigos de Nancy [Cunard], con una flor blanca en el ojal, que escribían poemas antifranquistas».[iii] Por el contrario, España alimentará la mala conciencia del héroe pequeñoburgués de Sartre, que sueña con ser rescatado de la mediocridad cotidiana, pero se siente rechazado por la historia, como si se tratara de una meta demasiado alta e importante para él. Así medita, a posteriori, sobre las noticias procedentes de la Valencia en llamas:

«¿Por qué estoy en este mundo asqueroso sin España? ¿Soy aún libre? Nada me separa de España, y sin embargo esa nada es insuperable…».[iv]

 

A la larga y duró casi tres largos años–, la guerra en España reveló el rostro nada poético de la guerra moderna y la inanidad de cualquier salvoconducto cultural. Fue un choque de pasiones –y no sólo de creencias políticas– despiadado e inhumano pero lúcido en sus objetivos, en especial por parte de los rebeldes, que gozaban de la ventaja esencial de un mando unificado. La guerra moderna –y por romántica que fuera la guerra en España se trataba ya de una guerra moderna– no tolera las cargas de Langemark, ni las gestas de Fiume. Pero a los intelectuales les costó entenderlo, y, cuando lo entendieron, para muchos de ellos ya era demasiado tarde. Del enésimo Congreso de Escritores, que Malraux convocó en Valencia y Madrid en el verano de 1937, en la capital-símbolo de la resistencia europea al fascismo, Spender, otro veterano de ideas similares, escribió que, «con todas sus cualidades, tenía un poco el aire de una fiestecilla de niños bien». Bella y cruel expresión. Y verdaderamente España adelantándose a ese otro duro golpe que, en agosto de 1939, significaría el Pacto Molotov-Ribbentrop representó el final de aquel spoiled children’s party que se prolongó durante casi una década en el continente.[v] De aquí surge la cuestión central: ¿qué importancia real tuvieron los estetas armados, los intelectuales en cuanto soldados? ¿Su sacrificio tuvo un significado moral o práctico? ¿Supuso realmente una advertencia para la gente, o al menos para la parte más concienciada? Se trata de un proceso muy complejo, difícil, del que quizás es imposible sacar conclusiones definitivas.[vi] Veamos sólo dos tesis, políticamente contrapuestas.

En 1938, con la guerra todavía en marcha, Frank Jellinek, corresponsal del Manchester Guardian quizás presente en España también por otros asuntos…, publica en la colección Left Book Club un libro hoy olvidado pero revelador. El autor parece haber pensado en todo y publica con mano segura, sin vacilación, los argumentos de la realpolitik soviética y del Komintern. La aversión por la derecha y el levantamiento franquista se solapa con el desprecio por el anarcosindicalismo, la evidente acusación contra los titubeos republicanos, la denuncia del atraso ideológico en el campo y entre el mismo proletariado urbano. En cuanto a los intelectuales, Jellinek dice lo que piensa –o piensan sus posibles mandantes– desde sus primeras frases:

«Barcelona estaba llena de intelectuales reflexivos que no tenían la menor idea de lo que estaba pasando y sin ningún tipo de habilidad con la ametralladora ni con la máquina de escribir».[vii]

 

Con estas palabras relativas a la situación catalana, pero válidas para todo el teatro de la guerra, finalizaba la intervención sobre los «combatientes peregrinos», y durante seiscientas apretadas páginas más no se hablaba de ellos. En cuanto a los escritores españoles, después de describir sus motivaciones y su convulsión en los años anteriores al conflicto, Jellinek concluía con total serenidad sobre la conciencia marxista-estalinista:

«Esta ideología no era en realidad más que la protesta de la pequeña burguesía humillada, y estaba llena de riesgos. El compromiso con un ideal sincero pero imposible sólo podía conducir a los extremos de la corrupción y la demagogia».

 

Eso es todo. La guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los intelectuales. De ellos sólo debemos esperar que mueran en silencio o que pongan su talento y su fama al servicio de una propaganda más o menos sofisticada, cuya dirección no puede dejarse al albur de sus manos inexpertas y de sus delicados nervios. Hay un juego trágico de las partes contendientes en este asunto: muchos intelectuales, los más cercanos al perfil del esteta, habían llegado a España para probar que también ellos sabían combatir, luchar y sacrificarse. Al hacerlo, reafirmaban la libertad y la generosidad de sus opciones, esteticismo incluido. En realidad, de ellos se esperaba que renunciasen al libre arbitrio incluso antes que a la vida para convertirse en dóciles instrumentos al servicio de una voluntad política superior, para cantar las hazañas de sus conmilitones. Por lo menos, es cuanto exigían franquistas y comunistas, es decir, las vanguardias de los respectivos bandos.[viii] El otro documento es el volumen antológico sobre la ayuda prestada por las Brigadas Internacionales a la República española –o mejor, a los rouges espagnols–, publicado por la Oficina de Información del Gobierno franquista en 1948. Nos encontramos, por tanto, en las antípodas de Jellinek. Los editores se extienden sobre el papel de los intelectuales, de las personalidades extranjeras más destacables que acudieron a la «Olympiade rouge», salidas de los «barrios pobres de París y de los guetos de Europa central», que en el caso de Madrid y otros centros controlados por la República vivían en «un ambiente de lujo y depravación». Paradójicamente, la conclusión es similar a la de Jellinek: los únicos extranjeros que realmente destacaron en la situación fueron los políticos y militares puros, como Vittorio Vidali, organizador del Quinto Regimiento; el implacable André Marty, etcétera.[ix]

Al menos de un intelectual no se podía discutir la actuación, práctica y militar, en favor de la República. André Malraux se había comprometido a recaudar dinero y armas y obtener apoyos para la causa republicana tras el embargo del armamento militar en Francia decretado por el Gobierno del Frente Popular, sometido a una grave tensión interna. De sobra conocido, aunque cuestionado por muchas polémicas y revelaciones posteriores, fue su papel en la formación de la aviación republicana ­–enésima encarnación del mito alado– y en la supervisión de los voluntarios que acudían de todas partes del mundo. Obsesionado por el «demonio de la acción»[x], como escribió otro intelectual amigo suyo, combatiente en España, el Malraux de L’Espoir debía, sin embargo, reconocer que la acción, intrínsecamente maniquea, no era suficiente para aclarar el significado de aquella lucha. Resulta revelador el diálogo entre Scali, profesor italiano de Historia del Arte convertido en aviador (probablemente inspirado por la figura de Chiaromonte), y el viejo anticuario Alvear, padre de otro aviador, Jaime, que había perdido la vista en combate:

«–En las iglesias del sur donde se combatió, vi grandes manchas de sangre sobre las pinturas. Las pinturas… pierden fuerza. Se necesitan otros cuadros, eso es todo –dijo Alvear».