Esmond no tiene nada que ver con un marxista ortodoxo y, entre los marxistas mismos, de los más disciplinados entre los combatientes que encuentra, se demora en describir las motivaciones no siempre ortodoxas:
«En 1935, Joe había ahorrado suficiente dinero como para permitirse unas vacaciones a Rusia; a su regreso se había convertido en un comunista aún más ferviente, tanto le había impresionado la manera en que la gente bailaba y cantaba al aire libre en los parques de Moscú… Finalmente se decidió a volver a Luton para pavonearse con el uniforme de general español y dar órdenes a los funcionarios de la asistencia social».
Muy distinto era el verdadero responsable del grupo, el hombre de Moscú, un profesional de la revolución:
«Era el hombre misterioso del grupo. Hablaba muy bien inglés, pero con ligero acento extranjero, y otras cinco lenguas igual de bien. Nadie podía decir con certeza si se trataba de letón, ruso o polaco. Todos sabían que, de joven, había vivido la Revolución rusa, que tenía tras él un pasado revolucionario, que había sido encarcelado en diferentes países y también deportado, que poseía seis pasaportes. En aquel periodo hablaba poco y no se situaba nunca en el centro de atención».
En estas pocas líneas se condensa el mensaje de Esmond. El enemigo constituye un frente compacto, mientras que los voluntarios ingleses encuadrados en el Batallón Thaelmann[i] son solidarios cuando están bajo fuego adversario, pero se encuentran cotidianamente divididos en dos bandos: los utopistas y los realistas –es decir, los comunistas–. Así son los testimonios de los utopistas presenciados por el autor:
«“Yo he venido aquí porque me han dicho que había una revolución y sin embargo me he encontrado ¡con una auténtica guerra!”.
“Yo he venido aquí para combatir al fascismo verdugo, no para que me convirtiesen en un imbécil vestido de militar”.
“Me consterna decir adiós a Jerry. Su individualismo lleno de tolerancia y de sabiduría humorística ha sido un refrigerio. Y Jerry no tiene convicciones políticas: ¡qué gran cosa!”».
Todos ellos expresan, como el autor, sensaciones y estados de ánimo profundamente humanos:
«Y sin embargo en el momento [de la incursión aérea enemiga] me alegro de que ataquen a mujeres y niños indefensos y no a nosotros: de que esos monstruos sólo nos hayan sobrevolado. Nosotros que habíamos elegido tomar parte, no podíamos odiar la guerra más que por una única razón: el miedo que suscitaba en nosotros mismos. Por fortuna casi ninguno ha tenido miedo de admitirlo».
Y estos son los segundos, los realistas:
«En mi fuero interno, lo sitúo enseguida en la categoría de Comunista Auténtico. Para merecerlo hay que ser: a) una persona seria; b) un esclavo de la disciplina; c) un miembro del partido; d) un apasionado de todas las técnicas del arte militar y estar absolutamente desprovisto de cualquier interés personal y egoísta, como el miedo o el coraje audaz».
Junto a los conspiradores encallecidos, destaca la figura del joven Birch, uno de aquellos brillantes productos de los college decididos a «actuar en serio»:
«Tiene todas las cualidades del auténtico revolucionario. Posee esa fría fuerza intelectual que le impide desviarse del camino recto: tiene todas las cualidades del mártir comunista».[ii]
Cayeron unos y otros en la batalla de Boadilla del Monte el 20 de diciembre de 1936; todos salvo Esmond, que murió pocos años después durante la Segunda Guerra Mundial. Pero quizás, en España, sólo perdieron de verdad los primeros.
III
El asedio del Alcázar fue un acontecimiento netamente español, a pesar de su resonancia mundial, e hispanas fueron sus referencias míticas y literarias. Pero la Guerra Civil como extrema aventura picaresca, como pasión barroca de los sentidos, de los excesos y de la fabulación, no fue un fenómeno exclusivamente local. Así pues, Roy Campbell, después de haber colaborado con Wyndham Lewis en la British Union Quarterly, derivación de la Fascist Quarterly de Mosley, partió para combatir del lado de los franquistas. Campbell confesó en la posguerra, con su habitual gesto truculento, que a España le llevaron una tardía conversión católica, la atracción hacia una tierra considerada más en contacto con los instintos y las emociones, y, last but not least, el deseo de llegar a las manos y de encontrar en el terreno a algunos de los estetas londinenses que tanto detestaba: los «sons of Onan» del poemilla Flowering Rifle (1939), cuyo violento contenido ya pone de manifiesto la referencia al fusil de la lozana floritura del título.
Significativa, aunque no del todo verosímil, es la página de sus memorias donde cuenta haber trabado amistad con dos escritores noruegos, uno comunista y el otro de extrema derecha, encontrados en España. Motivo: con ambos podía usar las pocas palabras que conocía de la jerga de los cazadores de ballenas. Las peregrinaciones de Campbell no terminaron con la guerra de España. Inmediatamente después se estableció con su familia en Roma.[iii]
Sin embargo, la explosión del nuevo conflicto, le obligó, a su pesar, a dejar Italia para evitar la prisión por ser un súbdito enemigo. Más tarde, Campbell fue herido de gravedad en Birmania mientras combatía con los ingleses contra el invasor japonés. En la posguerra, olvidado casi por completo, publicó de nuevo Flowering Rifle enmendando parte del antisemitismo y de la violencia originarios, que a veces hacen pensar en un Céline versificado. Pero su visión no había cambiado mucho. Al comentar el final de García Lorca, Campbell encuentra la confirmación de sus viejos fantasmas: el esteticismo lleva a la decadencia mediante la perversión sexual y, por lo tanto, al fin del predominio del hombre blanco sobre el mundo. García Lorca no había sido víctima de una ideología y tampoco de un talento indómito, sino de una redde rationem, de un rechazo a la homosexualidad por parte del pueblo español en nombre de los valores perennes que la guerra había desnudado.[iv] Poco tiempo después, la vida inquieta y aventurada del escritor sudafricano se apagó en un banal accidente de coche en Portugal, su última morada.
La sátira más mordaz y despiadada de la expedición de los estetas estaba destinada a ser escrita por el amigo de Campbell Wyndham Lewis. Es una obra maestra frustrada, no se trata del libro de un hombre de derechas, sino más bien de un cínico y un escéptico que, tras las pasiones de un conflicto y las disquisiciones sobre el arte y la libertad, siempre vislumbra tan sólo el polvo de la vanidad humana. Esta aproximación se advierte desde el título, tomado de la jerga de las operetas: The Revenge for Love (1937). En la descripción de los «rojos de los salones de Oxford y los rosas de Cambridge», Lewis desata su natural exuberancia: un mundo que se agota en pequeñas intrigas y pequeños adulterios, en busca de una causa noble para matar el aburrimiento. El autor, sin embargo, termina por caer en la trampa del virtuosismo: el estilo se vuelve cada vez más enfático, las situaciones improbables, la moralidad esquemática y los personajes insulsos. Hay algo de excesivo –como casi siempre en Lewis–, que le empuja a identificarse con su tema hasta destruirlo y disolver el drama en farsa. La ocasión está perdida, como por lo general se ha perdido la novela en los repertorios de obras inspiradas por los acontecimientos españoles.
El protagonista es el joven australiano Victor Samp, pintor fracasado que gusta de sumergirse en un estado de ánimo desencantado hasta que alguien lo empuja a falsificar cuadros de autores famosos para financiar la causa de los «rojos» en España. Victor vacila pero luego acepta, empujado por su esposa, y encuentra así la tan noble causa a la cual dedicarse. Bajo instigación del sindicalista Percy, el leninista de turno, brutal y resuelto, Victor se deja convencer para partir hacia España con su mujer en una misión secreta y muere allí, como el diletante que siempre fue, convencido de transportar un cargamento de armas que, sin embargo, Percy había confiado a gente más experta.
Esta mofa cruel, especialmente al final, alude de manera transparente a los cachorros de las public schools y de los círculos londinenses manipulados por politiqueros a la Percy. A ellos, el autor contrapone el único personaje que inspira cierta simpatía, Jack Cruze, el aventurero viril –también a través de esa virilidad trasluce la crítica a los intelectuales– que se cuida ante todo de salvar el pellejo, es decir, de recalcar la primacía del instinto vital sobre las ideologías. Y el mensaje de la obra se resume en líneas como ésta: «Hay todavía prejuicios burgueses de los cuales es preciso deshacerse. El heroísmo es uno de ellos».[v]
IV
Un estudio sistemático del impacto de la guerra de España sobre los intelectuales revelaría otras cuestiones que ya hemos comentado al hablar de los estetas armados. Tiene su importancia el filón ruso-soviético de los escritores-corresponsales, como Ilya Ehrenburg y Mikhail Kolzov, golpeado más tarde, a diferencia del primero, por las purgas estalinistas. El postulado de la propaganda deja que de vez en cuando se filtre en sus páginas un aire sencillo de participación humana.[vi] También es importante el filón centroeuropeo de quienes intuyeron en el conflicto y en la actitud rapaz o vigilante de las grandes potencias los pródromos del inminente colapso de sus propias patrias; y fueron los jóvenes poetas checoslovacos Halas, Holan y Vancura o el húngaro Attila József, que, poco antes de escoger el suicidio a los treinta y dos años, superpuso por última vez, en marzo de 1937, la incapturable libertad de los sentidos a las imágenes sangrientas de España y China.[vii]
Es importante, sobre todo, el redimensionamiento de aquel esquematismo derecha-izquierda contra el cual se habían estrellado las ilusiones de los estetas, y que encontraría en España y entre los españoles las voces más atormentadas y complejas: Unamuno, la tragedia del pensamiento traicionado por la violencia; Ortega, el crítico del «joven señor» y de toda rebelión infantil que tuvo no poca importancia entre los inspiradores de la Falange;[viii] Madariaga, el historiador cosmopolita, diplomático, ministro y alto funcionario de las Naciones Unidas[ix] que desde 1930 había concluido la versión inglesa de su célebre ensayo sobre la España moderna, anunciando la figura del nuevo dictador europeo –no sólo ibérico–, dominado no por el sentido sino por el sentimiento de Estado.[x]
Son filones y matices del discurso que no es posible explorar aquí con detalle. Sirvan estas breves notas para dar una idea del significado determinante de la encrucijada española en el destino de una generación y de una época. A la derecha, la utopía nacida de la victoria franquista fue dotar al fascismo de un camino nacional, de un equilibrio entre vocación autóctona y pertenencia a la comunidad espiritual de Europa y de Occidente. Se trataba de otra ilusión surgida de las cenizas del romanticismo negativo del siglo xix, que liquidaría la nueva guerra mundial. La reencontraremos sobre todo en Francia, en las últimas páginas del Gilles (1939) de Drieu La Rochelle y de la Histoire de la guerre d’Espagne de Brasillach y Bardèche:
«La sublevación del general Franco cierra el camino a un peligro mucho más grave que el fascismo internacional; cierra el camino al comunismo internacional. Naciones animadas por movimientos análogos (a pesar de sus diferencias) pueden, de hecho, unirse mediante acuerdos o tratados; permanecerían siendo, a pesar de todo, naciones, o sea realidades vivas, elásticas, susceptibles de tener intereses distintos si no contrapuestos. Alemania, Italia y España, bajo el mismo régimen marxista, con un partido comunista en Francia, serían sólo provincias de la Internacional, que es una fuerza mucho más temible».[xi]
¿Una nueva Europa? «Ya no hay Europa», confió melancólicamente al mismo diario un gran exponente del mundo de ayer cuando la deshonra del Pacto de Munich se añadió a la tragedia española.[xii] Frente a la perspectiva de una guerra generalizada en el continente, también muchos jóvenes intelectuales que habían tomado partido por una España libre y democrática fueron inducidos a transformarse en partidarios del Pacto y de su despiadada realpolitik. «He sido un munichois desesperado, no veía otras soluciones posibles», confesaría más tarde un inconformista como Emmanuel Berl en un bellísimo examen de conciencia.[xiii]
Aún más clamorosa fue la conversión al anticomunismo y al pacifismo integral, inferido por los acontecimientos españoles, de un escritor que era conocido por su posición progresista como Jean Giono.[xiv] Esto le llevó a escribir las palabras fatales que le fueron criticadas con dureza en la Liberación –«Prefiero ser un alemán vivo que un francés muerto»– y a enviar con el filósofo socialista Alain un telegrama de felicitación al presidente del Consejo Daladier, a su regreso de Mónaco.[xv]
Los unos y los otros habían encontrado pronto la manera de reafirmarse: la Guerra Civil de la generación de los años treinta ya había empezado. Un joven escritor americano, apolítico hasta el punto de «sentir repugnancia por el espíritu de cruzada de la izquierda y de la derecha», fue despertado pocos meses después por el camarero de un hotel de Cannes que le anunció amargamente: «Ces cochons, ils vont partager la Pologne, monsieur!». Y entonces él pronunció el epitafio:
«¡Adiós a los años treinta! ¡Los queridos, indecorosos años treinta! Se acabaron de repente aquella tarde, mientras las ventanas de la Croisette se oscurecían y desfilaban por la calle las filas de soldados senegaleses».[xvi]
Traducción de Juan Argenti