Este episodio es semejante a aquel en el que una iglesia se salvó del saqueo porque albergaba la tumba del autor de Don Quijote. Bajo su altar campea una inscripción: «Cervantes te ha salvado».[i] Si el arte y la belleza no logran privar de legitimidad a la guerra, cuanto menos imponen límites a la violencia ciega; y, si «se pierden las fuerzas», se trata de contrarrestar la violencia inhumana con medios todavía más humanos.[ii]

 

I

Los intelectuales italianos en el momento del «alzamiento nacional», el 18 de julio de 1936, ya se encontraban divididos por un compromiso en favor o en contra del nazifascismo que anticipaba el de sus colegas de los países democráticos. En Italia, el régimen fascista estaba en el poder desde hacía catorce años y acababa de alcanzar, con la conquista de Etiopía, el culmen del apoyo popular. Al mismo tiempo, se había desmoronado el efímero Frente de Stresa, mediante el cual, en abril de 1935, Mussolini, Laval y MacDonald habían buscado un acuerdo para contener a la Alemania hitleriana. El Duce, como el Führer, apoyó inmediatamente a los rebeldes. Los primeros aviones italianos alcanzaron el Marruecos español desde Cerdeña a finales de julio –junto con los alemanes– y formaron parte del puente aéreo que transportaba las tropas de África a la península española, donde acudían las primeras unidades de voluntarios. Un testimonio que rápidamente dio la vuelta al mundo fue el de Bernanos, que se había retirado a vivir en Palma de Mallorca movido por el rechazo al clima de disgregación de la Tercera República francesa. El escritor asistió petrificado a la matanza llevada a cabo por los Dragones de la Muerte que guiaba el exescuadrista Arconovaldo Bonaccorsi, también conocido como conde Rossi.[iii]

Hombres y medios siguieron llegando a España durante los meses sucesivos en virtud de un acuerdo secreto firmado el 28 de noviembre entre el gobierno fascista y el gobierno «nacional español» de Burgos, formalmente reconocido por Mussolini y Hitler diez días antes. En febrero de 1937, se instituye el Cuerpo de Tropas Voluntarias (CTV), que se articula en cuatro divisiones entre las que se encuentra la Littorio, bajo el mando del general Bergonzoli, compuesta exclusivamente por militares de carreracon unos 50.000 hombres. El CTV intervino en todos los frentes del conflicto.[iv] En una guerra donde la aviación estaba llamada a desempeñar un papel considerable, Italia aportó 6.000 voluntarios entre pilotos y técnicos y 763 aviones, cuyas dos terceras partes eran novísimos cazabombarderos de la marca Savoia-Marchetti y Fiat C-32: las incursiones de la aviación legionaria fueron igualmente temidas y más numerosas que las de la Legión Kondor alemana.[v] Pilotos y técnicos regresaron en su mayor parte a la patria, pero los aviones se donaron a Franco y se echaron en falta cuando Italia se incorporó a la Segunda Guerra Mundial. Si se añade el uso de la Marina y de los submarinos para patrullar la costa con el hundimiento, el 14 de diciembre de 1936, del carguero soviético Komsomol, la participación militar italiana alcanzó unas 75.000-80.000 unidades, es decir, más de las que suponían los efectivos del ejército de Franco en el inicio del conflicto, excluidas las tropas coloniales. Los freiwillige alemanes, sin contar la aviación, no pasaban de las 19.000 unidades.

Lo mismo ocurrió con la ayuda militar, que en su conjunto ascendió a más de mil millones y medio de dólares en tres años, junto a los ingentes costes de financiación y equipamiento del CTV: el doble de la ayuda alemana y sólo equiparable a la soviética, que sin embargo se pagó con el oro del Banco de España. ¿Qué justifica un compromiso tan importante de un país cuyos modestos recursos se habían visto comprometidos por la campaña de Etiopía y las «inicuas sanciones»?

En realidad, Mussolini sólo tenía un interés limitado en la situación española. La conocía poco y mal, pero lo suficiente como para desconfiar enseguida, una desconfianza en gran medida correspondida por Franco y los generales rebeldes. Mussolini sabía que no eran ni verdaderos fascistas ni verdaderos amigos de Italia, a diferencia del jefe de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, que, sin embargo, fue capturado, juzgado y ejecutado por tropas fieles al Gobierno casi inmediatamente, en noviembre de 1936. Mussolini se oponía a dejar el mando de sus tropas en manos españolas,[vi] pero a regañadientes empezó a darse cuenta de la realidad: «Esta guerra, en definitiva, es una guerra entre españoles que quieren organizar el país de acuerdo con el verdadero alcance de sus ideologías»,[vii] le confió a uno de sus familiares. ¿Y luego qué? La tesis que prevalece hoy en día es que el Duce puso en marcha en España su última gran batalla de prestigio para reivindicar el liderazgo del fascismo mundial, como demuestran, al mismo tiempo, su activismo diplomático e ideológico: la creación del Eje Roma-Berlín, el 24 de octubre de 1936, y la adhesión al Pacto Antikomintern, junto a Alemania y Japón, el 6 de noviembre de 1937. Le urgía demostrar, por medio de los españoles, tanto a sus aliados como a sus oponentes –sin olvidar al Papa y a Roosevelt– que seguía siendo el hombre de la marcha sobre Roma, punto de referencia natural de todas las fuerzas jóvenes que luchaban dondequiera que fuera por un nuevo orden internacional. Esto explica por qué la acción militar se acompañó de una ola de propaganda que incorporaba numerosas apelaciones del fascismo «puro y duro» de los orígenes.

A diferencia de la campaña de Etiopía, el mayor énfasis no se hizo en la defensa de la civilización occidental y cristiana. Por supuesto, la prensa se desató describiendo con las tintas más hostiles la ferocidad de los «rojos», la destrucción de lugares de culto, las matanzas de sacerdotes y las violaciones de monjas, la abolición de la propiedad privada y la «colectivización» de las mujeres; en definitiva, todo lo que podía asustar y horrorizar a la opinión pública de un país que seguía siendo mucho más católico que fascista.[viii]

El resultado fue muy inferior a las expectativas del régimen, aunque la historiografía militar reconoce que las tropas italianas se batieron en España mejor de cuanto se pretendió creer durante mucho tiempo. La contribución alemana, y también la italiana, fueron determinantes en la victoria de Franco, del mismo modo que la ayuda militar soviética salvó a la República en la gravísima crisis del otoño de 1936 y prolongó durante dos años y medio el conflicto.[ix] La misma batalla de Guadalajara (18 de marzo 1937) en realidad la segunda, porque la primera (8-12 de marzo) supuso el desbaratamiento del frente republicano por parte del CTVse perdió en el campo de la propaganda, mucho más que en el militar.[x] La incapacidad para coordinar al grueso del CTV permitió a las Brigadas Internacionales contener la sublevación a la altura de la localidad de Brihuega, perdida y luego reconquistada, mientras el IV Cuerpo del Ejército Republicano, equipado por los soviéticos, acudía desde Madrid. Los enfrentamientos fratricidas entre italianos se produjeron principalmente durante la jornada del día 10: fueron, por desgracia, cruentos pero estratégicamente sólo tuvieron un papel de contención. El desenlace de la batalla no se debió al sacrificio (innegable) de los brigadistas, sino al uso de los aviones y los tanques soviéticos rápidamente enviados desde Madrid bajo el mando del general Shmushkevic, alias Douglas, que fue el verdadero ganador de la contraofensiva.[xi] El interés de la propaganda republicana se concentró, sin embargo, en demostrar que la «primera derrota del fascismo» no había sido causada por un ejército regular, sino por una milicia popular, para así ensalzar el carácter internacionalista de la movilización de la guerra.[xii] Pero Franco tampoco quería, por razones obvias, que fueran los extranjeros del CTV los que tomaran la capital, y los nacionalistas contribuyeron a la campaña de denigración del aliado.[xiii] Incluso una victoria indiscutible de la CTV sobre el terreno, como la de la campaña de Santander y Santoña, en agosto de 1937, contra el ejército vasco, aliado de los republicanos, se vio rodeada de sombras sospechosas. Los vascos se rindieron al mando italiano a cambio de la promesa de no ser entregados a la venganza de Franco, como lamentablemente sucedió cuando más tarde se recibieron órdenes superiores.

No se puede negar que muchos de los legionarios tuvieran de voluntarios sólo el nombre y que a menudo fueran desempleados o braceros enrolados para escapar del hambre:

«Destino OMS: quiere decir Oltre Mare Spagna. Barcos cargados de soldados, camisas negras y trabajadores que habían cursado su solicitud de destino al África Oriental se desviaron a los puertos del sur de España para desembarcar tropas mercenarias de origen y nacionalidad desconocida, en apoyo de los rebeldes nacionalistas. La trampa se utilizó para evitar el envío de destacamentos ordinarios del ejército y de la milicia, en ausencia de solicitudes para el reclutamiento voluntario, a pesar de la propaganda barata en las filas del partido, así como a través de las organizaciones sindicales, asistenciales y las oficinas de empleo. Las pocas excepciones las protagonizan oficiales en s.p.e., alentados por las perspectivas de carrera, por el atractivo de las medallas ganadas con el mínimo riesgo y, sobre todo, por las cifras salariales (cincuenta mil liras al mes a un subteniente)».[xiv]