Cuando un escritor extranjero nos dice a los españoles que somos los más «malos del mundo», pero que los otros occidentales son casi tan malos, ¿qué se hace en España? Se le da un premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Esto es lo que ocurrió con el escritor franco-búlgaro Tzvetan Todorov, a quien le fue concedido dicho premio en 2008 por «representar el espíritu de la unidad de Europa del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia». Al final de su libro La conquista de América, la cuestión del otro, haciendo referencia a una maldición que el padre Las Casas, como no podía ser de otra manera, echó sobre España en su testamento, el crítico franco-búlgaro se hace eco y legitima sus palabras: «E creo que por estas impías y celerosas e ignominiosas obras tan injusta, tiránica y barbáricamente hechos en ellas y contra ellas, Dios ha de derramar sobre España su furor e ira, porque toda ella ha comunicado y participado poco que mucho en las sangrientas riquezas robadas y tan usurpadas y mal habidas, y con tantos estragos e acabamientos de aquellas gente». Todorov afirma además que todas las brutalidades y crímenes cometidos en América son responsabilidad colectiva de los españoles, «y no sólo de los conquistadores» (255). En otras palabras, quiere responsabilizar a los españoles de hoy de unos hechos ocurridos hace quinientos años, haciendo hincapié en que «el crimen será castigado, que el pecado será expiado». Pero el señor Todorov concede generosamente a España un pequeño balón de oxígeno, una «corrección», diciendo que, aunque España juegue el papel principal en el movimiento de colonización y destrucción de los otros, no está sola: «portugueses, franceses, ingleses, holandeses, la siguen muy de cerca, y serán alcanzados más tarde por los belgas, italianos y alemanes. Y si bien los españoles hacen más que otras naciones europeas en materia de destrucción, no es porque éstas no hayan tratado de igualarlos o de superarlos» (255). Una vez dejado bien claro que los españoles son los «peores», los «más malos», en «materia de destrucción», el crítico hace una variación a la sentencia del padre Las Casas cambiando la palabra «España» por «Europa» y termina diciendo: «Dios ha de derramar sobre Europa su furor e ira, si eso puede hacernos sentir más directamente involucrados» (255). Muchas gracias señor Todorov, pero no es así…
Afortunadamente, como decía Miguel de Cervantes, la «nobleza» o la «maldad» no son hereditarias. O, como ya defendía en pleno siglo xvi una de las mentes más lúcidas de España, el padre Vitoria, «No se puede matar a los hijos de los infieles, pues ningún mal nos han hecho» (Vitoria, Relectio de iure belli, 233).
No se nace con «pecado original» por ser españoles y se tiene que vivir con esa condena porque un premio Príncipe de Asturias, apoyándose en el padre Bartolomé de las Casas, lo diga. La cultura hispánica tiene muchos defectos, sin duda, pero la hipocresía y el racismo descarado no son los mayores de ellos. Afortunadamente, de unos años a esta parte han aparecido una serie de científicos e investigadores españoles que son competitivos en varias lenguas y que pueden dar a conocer a propios y extraños la historia de nuestra cultura.[11]
Desde finales del Barroco, en la intelectualidad de la Europa protestante estaba grabada la inferioridad del español a causa de su «raza».[12] Así, el filósofo Immanuel Kant, una de las figuras más influyentes de su tiempo, escribe en su obra Lo bello y lo sublime: «Nada puede ser más opuesto a todas las artes y ciencias que un gusto aventurero, ya que esto distorsiona la naturaleza, que es el prototipo de todo lo bello y lo noble. Así, la nación española también ha demostrado poco sentimiento por las bellas artes y las ciencias».[13] El mismo autor nos ilustra en su obra Antropología en sentido pragmático sobre cuán civilizados son los británicos y cuán absurdos e inclinados hacia la barbarie son los españoles. «El lado malo del español es que no aprende de los extranjeros; que no viaja para conocer otras naciones; que está atrasado siglos en las ciencias. Se resiste a cualquier reforma; está orgulloso de no tener que trabajar. Él es de una calidad de espíritu romántico, como muestra la corrida de toros; es cruel, como el antiguo auto de fe» (Kant, Antropología, 231).[14] Habría que preguntarse si existe otro pueblo que haya «conocido más naciones» y viajado más que el español y el portugués durante los siglos xv, xvi y xvii. Igualmente, en referencia al gusto aventurero, incompatible con el arte según este autor, ¿qué tendría que decir de hombres de armas y letras como Miguel de Cervantes, Luis de Camõens, Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, Lope de Vega o incluso Hernán Cortés? Al parecer el autor de dicha afirmación sobre los españoles fue un filósofo, conocido por la rigidez de sus hábitos, que apenas viajó más allá de su ciudad natal de Königsberg y nunca tuvo ninguna aventura, ni siquiera de tipo amoroso.[15]
En referencia a las acusaciones y generalizaciones sobre la ausencia de una ciencia española en general y sobre que España nunca tuvo una revolución científica, Juan Pimentel y José Pardo Tomás, en un excelente artículo, defienden que antes de emitir un juicio sumario sobre el pasado científico de España, es necesaria una investigación escrupulosa, un análisis bibliométrico y riguroso sobre las fuentes y materiales, de la misma manera que se hace antes de emprender un trabajo historiográfico; de esa manera se evitarán no sólo la «especulación desinformada», sino los juicios apresurados y la falta de rigor que han caracterizado a muchos intelectuales extranjeros (136).[16]
Sin embargo, cuando pasamos a analizar la economía mercantilista llevada a cabo por España y Portugal en el siglo xvi, vemos que dista mucho de ser la misma que el feroz capitalismo actual de base protestante. Quizá por aquello que algunos críticos actuales han venido en llamar, correctamente en mi opinión, imperios generadores, como el español, versus imperios depredadores, como el inglés o el holandés. No obstante, la idea no es nueva; Unamuno en su obra Del sentimiento trágico de la vida, publicada en 1912, ya hablaba de imperios «engendradores» refiriéndose al español.
Dejemos su lucha de ocho siglos con la morisma, defendiendo a Europa del mahometismo, su labor de unificación interna, su descubrimiento de América y las Indias —que lo hicieron España y Portugal, y no Colón y Gama—; dejemos eso y más, y no es dejar poco. ¿No es nada cultural crear veinte naciones sin reservarse nada y engendrar, como engendró el conquistador, en pobres indias siervas, hombres libres? (Unamuno, Del sentimiento…, conclusión, 300).
LA PRIMERA CIENCIA UNIVERSAL
«Domine de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra» (Antiguo Testamento, Salmo 72:8).
El «Requerimiento» era un texto leído a viva voz por los conquistadores a los indígenas en el que se les rogaba que se convirtiesen al cristianismo y obedecieran al rey. Si así lo hacían podrían mantener su libertad junto a los españoles, pero si por el contrario lo rechazaban, se les declaraba la guerra y pasaban a ser súbditos de los españoles. Esta práctica, tan criticada, ya aparece en las Sagradas Escrituras como elemento disuasorio utilizado por parte del pueblo de Israel para ocupar territorios conquistados. Si nos fijamos, el requerimiento que llevaron a cabo los españoles en América es básicamente una copia literal de lo que dice el Deuteronomio, aunque sin llegar a los extremos que predica: «Cuando te acercares a una ciudad para atacarla, le brindarás la paz. Si la acepta y te abre, la gente de ella será hecha tributaria y te servirá. Si en vez de hacer paces contigo quiere la guerra, la sitiarás; y cuando Yavé, tu Dios, la pusiere en tus manos, pasarás a todos los varones al filo de la espada […]» (Deuteronomio 20: 10-14, 229). Lo mismo se puede aplicar a la destrucción de los «altares» e «imágenes»: «Destruiréis enteramente todos los lugares donde las gentes que vais a desposeer han dado culto a sus dioses… Abatiréis sus altares, romperéis sus cipos, destruiréis sus aseras, quemaréis sus imágenes talladas y sus dioses y haréis desaparecer de la memoria de los dioses» (Deuteronomio 12:2-3, 220). Palabras seguidas al pie de la letra por el capitán de Cortés, Pedro de Alvarado, en Tenochtitlán, después de que el conquistador de México tuviese que marchar a enfrentarse a las tropas de Narváez. De manera acertada, David Abulafia menciona al padre Las Casas como defensor de los indios, no así de los judíos.[17] Es cierto, Bartolomé de Las Casas, de origen judío converso por parte de padre según su biógrafo Giménez Fernández, siempre ha sido identificado con la defensa del indígena, pero muchas veces se olvida que fue el introductor de la Inquisición en América, como de manera meridianamente clara consta en su Memorial de remedios para las Indias de marzo de 1516 dirigido al entonces regente cardenal Cisneros.[18] Este documento resulta de un extraordinario valor para conocer la auténtica personalidad y pensamiento del padre Las Casas:
Y asimismo suplico a V. r. s. [vuestra reverendísima señoría] por Dios, en todo lo expuesto por su señalado ministro que mande enviar a aquellas islas y Yndias la Santa Inquisición de la qual creo yo que hay gran necesidad porque donde nuevamente se ha de plantar la fe como en aquellas tierras no haya quizas quien siembre alguna pesima cizaña de erexia [herejía] / pues allá se han hallado y han quemado dos erexes [herejes] / y por ventura quedan mas de catorze / y aquellos yndios como gente simple y que luego creen / podria ser que alguna mali[g]na y diabolica persona los traxese a su dañada doctrina y eretica pravedad / porque puede ser que muchos erexes se ayan huydo destos reynos y pensando en salvarse, se oviesen pasado allá. Y la persona a quien tal cargo v.r. s. [vuestra reverendísima señoría] diere, sea muy cristiano y zeloso de nuestra fe y a quien alla no puedan, con barras de oro cegar (AGI, Patronato, 252, R. 2, fol. 4).[19]